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Publicado en noviembre 16th, 2019 | por Marcos Gendre

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ABBA, los años mágicos (I)

REINANDO EN LA ERA ROCK

Si hay algo que no se puede discutir de ABBA, era su habilidad para hacer que sus canciones se tradujeran en estandartes para millones de personas, muchas de las cuales compraban sus discos a escondidas. En una era donde el pop aún no era tomado como un género respetado tal que el rock o el jazz, sus canciones se colaron en las casas de medio mundo. Su éxito, tan sencillo como difícil de enarbolar: ser el paradigma del pop.

1976 coincidió con la maduración definitiva de ABBA. Su gloriosa ristra de singles publicada hasta aquel entonces simbolizó su capacidad para responder a la posibilidad de la canción pop perfecta. Sin embargo, lo mejor aún estaba por llegar. De ‘Dancing Queen’ a ‘Under Attack’, vivieron seis años de plenitud creativa que, aún hoy en día, no ha sido ponderada como se merece. Empecemos pues.

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A la hora de entender el valor de los logros cosechados por ABBA a lo largo de su década de vida, hay que entender que siempre fueron el blanco de odios como el de la generación punk o las parroquias más cerradas del mundo rock. De los fans del rock progresivo a los amantes del heavy metal, ABBA casi siempre fueron citados como “el enemigo”. El paradigma de la sensibilidad pop, cuando pop y rock eran materia separada y enfrentada. A pesar de los continuos ataques, o gracias a semejante cúmulo de publicidad gratuita, Björn, Benny, Agnetha y Anni-Frid nunca se dejaron intimidar y siguieron a su bola, siendo el grupo con más número de ventas en Europa. De la Unión Soviética a Zimbabwe, cuatrocientos millones de ventas certifican la solvencia de una fórmula musical que alcanzó su perfección más rutilante en 1976.

 

DE “ARRIVAL” A LAS RUINAS DE POLONIA

En aquellos años de camisetas con lemas tan ofensivos como “Disco Sucks”, ABBA fueron el estandarte bajo el que se amparaban los rostros anónimos de las discotecas de medio mundo. Al lado de los patriarcas soft-rock, que copaban el porcentaje más alto de programación en radio fórmulas, el cuarteto llegó a minimizar el impacto del ‘Rumours’ de Fleetwood Mac y los Carpenters.

En una era donde el rock sinfónico había sido aniquilado por las huestes punk rock británicas, el rostro del mal para muchos se materializaba en los bailes discotequeros de John Travolta en “Fiebre del Sábado Noche” y las canciones azucaradas, descaradamente vitales, de ABBA.

Pero antes de 1976, ya se habían encaramado al trono del pop mundial. En su fulgurante, y progresiva, dictadura comercial ya habían esbozado su toque de Rey Midas a través de hitos como ‘Waterloo’ o ‘Mamma Mia’. Sin embargo, su etapa regia aún estaba por llegar. Su materialización definitiva tuvo como kilómetro cero la publicación de ‘Dancing Queen’, pese a quien le pese, una de las canciones más rutilantes de la historia del pop. Un hito que rivaliza con las cimas de la terna sagrada conformada por la triple B: Beatles, Beach Boys y Byrds. Pero para bes, ABBA no tenía nada que envidiar a nadie. El gran palíndromo del pop, que con la publicación de ‘Dancing Queen’, el 16 de agosto de 1976, abrazó como nunca la caligrafía disco y la preñó de su inimitable forma de rozar la barrera de la diabetes armónica, pero sin traspasarla, gracias a su rutilante aplicación del “Wall of Sound” spectoriano.

Al igual que Vainica Doble en España, el cuarteto sueco estaba dotado de avezados funambulistas a la hora de sortear los límites del buen gusto y no caer en la superficialidad más burda. En esta ruleta rusa con truco se cimentaba la grandeza de un grupo sin prejuicios por abordar la excelencia pop, sin renunciar a un ramillete glorioso de pistas que nunca caen en el horror vacui sónico ni en un barroquismo de destellos mareantes. En casos como ‘Dancing Queen’, queda corroborado el don de los suecos para armar puzles de gran complejidad a través de los que filtrar estribillos milagrosos como todos los recogidos en ‘Arrival’, su álbum de 1976.

De la mencionada ‘Dancing Queen’ a ‘Knowing Me, Knowing You’, se yergue un mural pop en cinemascope, donde los susurros más vaporosos conviven con erupciones eléctricas de intensidad luminosa, tal como en esta última, donde las guitarras bullen con tal fogosidad en el estribillo que, por un momento, parecen haberse transmutado en un corte disco de The Sweet.

Líneas de bajo tan complejas como la de ‘Dancing Queen’ confirman un trabajo de fondo de enorme complejidad, en las antípodas de todos los que hasta ahora los han percibido como un grupo de pop insulso. ‘Arrival’ es una prueba fehaciente de que lo que se traían entre manos respondía a una ambición desmedida, como la que podía tener Led Zeppelin dentro del rock, The Clash en los años posteriores a la explosión punk y Fleetwood Mac en obras con la laboriosidad de ‘Rumours’ y ‘Tusk’.

Resulta intimidante el carrusel de arreglos, ideas y estribillos memorables que ‘Arrival’ atesora entre sus surcos. Sin duda, uno de los discos más olvidados a la hora de recordar entre los clásicos del pop.

Como no podía ser de otra forma, su cuarto álbum en estudio fue número uno en toda la Europa norteña, extendiendo sus tentáculos hasta la otra parte del globo terráqueo, en Oceanía, donde su dominio siempre ha sido tan significativo como en zonas abonadas a su dominio insultante, tal que en Alemania, Holanda o Polonia, donde, en 1976, se dejaron caer en una de las visitas más estruendosas que se recuerdan tras el telón de acero. Tal como lo exponía Björn Ulvaeus en aquel momento: “Nuestra primera parada fue en frente del Palacio Real, que fue destruido en la guerra y que ahora están reconstruyendo nuevamente”. La población de Varsovia está pagando por la reconstrucción. En algún lugar del gran mercado hay una caja de recolección, donde la gente puede poner dinero para la reconstrucción. Puedo asegurarles que se rasca una buena cantidad de dinero cada semana”.

Para ABBA, la venida a Polonia provocó un revuelo sin precedentes entre sus gentes, que no podían encontrarse ante un polo más opuesto de los horrores vividos en la Segunda Guerra Mundial.

Dentro de su furgoneta adornada de pegatinas con motivos de ABBA, los cuatro fantásticos del pop contemplaban los restos de un país aún con la sombra terriblemente presente de la barbarie nazi.“Sabía que Polonia era un país pobre, pero lo que no sabía era que la cosa estaba tan mal…”, comenta Björn. “De hecho, Polonia está un par de años atrás en comparación con nosotros. En las calles, no ves nada más que furgonetas y autos viejos. Casas viejas en fila, gente que está menos vestida a la moda, soldados en cada esquina. Esos son los ingredientes principales que conforman el paisaje de la ciudad. En resumen, no es un sueño paradisíaco para un occidental.Aunque tengo que admitir que la gente es extremadamente amable y que la vida aquí es muy barata”, agregó Björn.

Para el pueblo polaco, ABBA simbolizaban la luz tras el desplome emocional arrastrado a lo largo de tres décadas de mísero recuerdo, acarreado por los padecimientos vividos tras la invasión del Tercer Reich.

El paso de ABBA por tierras polacas les abrió de par en par el mercado por tierras de Europa del Este a la Unión Soviética. Su expansión era como un virus de luz en tierras dominadas por políticas adoctrinadoras y dictaduras cerradas a los espectáculos musicales.

EN EL CUARTEL GENERAL DE ABBA

El lugar donde Abba se encerraban en su laboratorio para dar con la receta de la canción pop perfecta se encontraba en una de las calles más recónditas de Estocolmo. Su situación tan escondida aportaba secretismo a una labor tan ambiciosa como la suya. Como si se tratara de algo muy valioso y secreto. Al servicio de Agnetha y compañía, se encontraba una serie de empleados, encargados de que los suecos no tuvieran más que centrarse en su empresa más importante: obrar milagros dentro de su cuartel general.

Una de las personas externas al grupo más determinantes fue Stig Larsson, que fundó Polar Music, el sello del grupo, junto a Björn y Benny Andersson.

“Todos los jueves discutimos las propuestas que hemos recibido esa semana”, explicaba Benny en 1976. “Operamos de manera muy democrática. Si no estamos de acuerdo con ciertos temas, votamos. Y sí, con tres personas involucradas, los resultados de tal votación se producen muy rápidamente. Para ser honesto, prefiero estar en el estudio que en reuniones como ésta. Pero también hay que ocuparse del aspecto comercial. Las cosas que discutimos en esas reuniones versan sobre todo todo tipo de cosas: en qué programas de televisión vamos a aparecer y cuáles no, la elección de las canciones para nuevos discos, contabilidad, asuntos internos. En realidad, todos los problemas con los que toda empresa tiene que lidiar…”.

Hasta 1976, los cuatro miembros de ABBA vivían a treinta kilómetros de Estocolmo, hasta que se trasladaron a la zona vieja de la ciudad a proseguir con sus labores artísticas. “A unos dos o tres kilómetros de aquí”, dice Björn. “Ahora sigue siendo un desastre. Aún no hemos tenido tiempo de poner todo en el sitio correcto”.

En su nueva ubicación, tenían más espacio para la creación. “Yo en el piano y Björn con su guitarra en sus manos. También estamos planeando construir un estudio aquí, pero tenemos que hacer algunos ajustes antes de que eso suceda. Todos los días, uno de nuestros secretarios sale a comprar los álbumes recién lanzados, y Björn y yo los escuchamos, uno por uno. Nunca eres tan perfecto como para no aprender nada nuevo de otros artistas”.

Al menos, una vez a la semana, todos los músicos se reúnen para dar forma al cultivo de ideas que brota en las quijoteras de Benny y Björn, pero también del productor Michael B. Tretow, el miembro fantasma del grupo. Así como reconoce el propio Benny: “Para ser honesto, debemos admitir que también hay otras personas responsables del éxito de ABBA. Como Michael B. Tretow, por ejemplo, o el coproductor. A menudo se les ocurren ideas muy originales. Y tampoco podemos despedir a nuestro equipo de músicos de estudio. Todos ellos son músicos excelentes, que trabajan para nosotros de forma permanente. También los llevaremos con nosotros cuando vayamos de gira más adelante…”.

A la hora de armar temas con la aparente sencillez de los que integran ‘Arrival’, se esconde un orden de trabajo capaz de convertir en un hit masivo una canción con la complejidad estructural de ‘Money, Money, Money’. A raíz de un ejemplo como éste, en su momento, Benny explicaba que “por lo general, se me ocurre la melodía y a Björn las letras. Al principio, trabajamos por separado. Mientras Björn, que es el mejor a la hora de hablar inglés, está escribiendo las letras, me pongo a tocar el teclado, que sólo mi perro Zappa puede escuchar. Tan pronto como me gusta una melodía, estoy cantando algunas letras tontas en la línea de ‘los cerdos tienen patas torcidas y una cola de cerdo rizada’. Muy a menudo, las canciones infantiles también me dan una idea. Cuando este trabajo está terminado, lo toco para Björn, que luego le escribe una letra decente. A menudo se requieren cientos de horas de trabajo antes de que una canción de ABBA esté completamente terminada. Antes de que estuviéramos realmente satisfechos, trabajamos tres meses completos en ‘Money, Money, Money’. Se ha tirado más de una docena de conceptos a la papelera…”.

 

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