"El hábitat natural para tu mente enferma"


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Publicado en octubre 7th, 2016 | por Rubén Sánchez

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Bienvenidos o Prohibida la Entrada a los Extraños

dobro_pozhalovat_ili_postoronnim_vkhod_vospreshchyon-650350447-largeElem Germanovich Klímov fue un cineasta ruso cuya obra más recordada es Masacre: Ven y Mira (Idi i Stromi, 1985), una descarnada visión de la invasión nazi en Bielorrusia vista desde los ojos de un niño. Un bofetón de realidad y crudeza de los que se quedan grabados en la retina para siempre.

Sin embargo, Klímov tiene una larga lista de películas en su haber, entre las que se encuentran incluso inocentes comedias para niños, y no tan niños. Es el caso de Bienvenidos o Prohibido el Paso a los Extraños (Dobro pozhalovat, ili postoronnim vkhod vospreshchyon, 1964), que bajo el prisma infantil y con la aparente candidez de sus protagonistas, la película esconde una sátira que estuvo a punto de darle más de un problema a Klímov. Se dice incluso que se llegó a emitir el cable diplomático que ordenaba la paralización del rodaje, por no ser del agrado de los aláteres de turno. Las malas lenguas, o no tan malas, cuentan que la dimisión de Nikita Kruschev fue el resquicio que aprovechó la película para ser estrenada.

¿Qué tiene Bienvenidos para preocupar tanto al poder? Pues si hay algo que no aguanta eso es siempre la sátira y la crítica encubierta, en este caso a los regímenes totalitarios representados por un campamento infantil gobernado por mano de hierro, tratando de coartar cualquier expresión individual. En el medio del grupo 3, formado por 26 niños, Kostya Inochkin es la nota discordante, el niño que trata de fugarse atravesando el río, donde otros niños juegan en libertad. Por sus continuas indisciplinas es expulsado, pero él volverá de forma clandestina sembrando el desorden en el campo, teniendo reuniones como si de un partido político prohibido se tratase.

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El rigor del director del campo contra la alegría y el individualismo de Inochkin. La búsqueda de la libertad representada en un salto imposible sobre el río, romper las cadenas que atenazan al individuo para que éste pueda expresarse y soltar toda la creatividad que lleva dentro. Todo esto disfrazado en película cómica, con un humor muy blanco y casi de cine mudo. La sátira era sutil, quizá no lo suficiente para solventar todos los problemas de censura. Pero, por suerte, se pudo solventar para que hoy en día podamos disfrutarla.

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