"El hábitat natural para tu mente enferma"


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Publicado en septiembre 9th, 2018 | por Carmen Viñolo

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“El señor Esteve” de Edgar Neville: retrato de una casta

 

018737373446464464A finales de los años cuarenta, Edgar Neville abandonó los escenarios castizos para trasladarse a Barcelona, donde dirigió Nada (1947), una obra que, quizá debido a su atmósfera opresiva y su descarnada visión de la pobreza, no cosechó buena acogida entre las butacas catalanas.

Posteriormente se embarca en El señor Esteve (1948), un filme basado en la novela de Santiago Rusiñol, L’auca del senyor Esteve (1907), centrada en la confrontación entre un joven que desea ser escultor y su entorno familiar, profundamente burgués, en el que sólo cabe una opción profesional: continuar el negocio de la mercería «La Puntual» que, en efecto, existió y aguantó un tirón considerable: desde el 1800 hasta mediados del siglo XX.

Mientras el texto narrativo dirige el conflicto entre padre (sr. Esteve) e hijo (Ramonet), el guión cinematográfico se apoya en la figura del abuelo, el señor Estévez, como el buen burgués, el hombre honrado, perseverante, sensato, el ahorrativo. Siempre sentando cátedra sobre la importancia de la vida práctica, e inculcando sus principios pequeñoburgueses a la tribu familiar y a los más pequeños, ya de pequeñitos, de bebitos. Estevet recién ha cumplido tres meses, que ya tiene a su abuelo comiéndole la oreja: «Vive y trabaja aquí [en La Puntual] y, sobre todo, economiza, que dos y dos son cuatro, y cuatro, ocho». Cuando el niño está en edad de escolarizar, el señor Esteve lo lleva de la mano a la escuela -su padre y su madre están, por supuesto, trabajando detrás del mostrador-. Le dice al maestro que la criatura «quiere ser comerciante como todos los de nuestra casa y se lo traigo para que no le enseñe muchas cosas […]. Incúlquele buenas ideas. Ya sabe lo que quiero decir por buenas ideas: mirar por dónde van los cuartos, seguirlos, cogerlos honradamente y después saberlos guardar para que no se los lleven los demás. Y, sobre todo, que aprenda poco. Quiero que aprenda sólo lo práctico. Con las cuatro reglas tiene bastante».

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El señor Estévez, siempre adoctrinando.

El nieto es de naturaleza dócil. Ya lo dice su padre: «Ni ríe, ni llora, ni tiene frío ni calor. Normal. Allí donde lo dejan, se queda quieto».

¿Qué es esto? ¿Un zagal o una planta?

Estevet asume los postulados de su abuelo como verdades incuestionables, necesarias. Ideología de la que se empapa toda la familia, que por algo mama de la misma teta, la del abuelo que fundó La Puntual. Ahora bien, como es de esperar, semejante educación y un entorno tal dejan al pobre Estevet en la inopia más absoluta. Nada sabe de la vida, ni de la cultura ni del arte. Ya de mayor se le ocurre una idea para decorar el escaparate. En los papeles que envuelven la mercancía que le envían desde Alcoy hay un templo dibujado. Se llama el Partenón. De modo que decide recrearlo con los carretes de los hilos. «Qué hermoso es», dice el abuelo.

¡Fíjate tú, que hasta un burgués recalcitrante como el señor Esteve es capaz de admirar la belleza clásica del Partenón! Aunque sea una réplica hecha a base de carretes.

Eso sí, de la procedencia del tal Partenón no tiene nadie ni la más remota idea.

RAMÓN

Debe ser un templo famoso de Alcoy.

ESTEVET

Me parece que no es de Alcoy, sino de Francia.

Total, lo importante es que los clientes se fijen en él y entren en la tienda. El arte hace presencia únicamente como medio para la venta. Más allá es despreciado, como sus autores:

RAMÓN

Los artistas no tienen ni idea de la formalidad ni del horario de trabajo. Un día llegan a una hora y otro, a otra. Anteayer no vinieron y cuando les pregunté la razón me dijeron que es que ese día no estaban inspirados. Que se habían levantado sin entusiasmo por el arte […]. Estos artistas no trabajan. He tenido la paciencia de un caldo en lo que han empleado el tiempo: en montar los andamios y en desmontarlos tres jornales. En encender la pipa, dos horas diarias y dos cajas de cerillas. Cantar La Traviata, una hora. En bajar, subir a los andamios para contemplar la obra desde lejos, dos horas. En contemplarla de cerca, una hora. En decirle picardías a las mujeres que pasan por la calle, otra hora.

Pero bueno, ¿estos qué son? ¿Artistas u obreros de la construcción?

Y así pasa la vida para Estevet. Sin frío ni calor. Sin cultura, también sin saber quién es Cupido. La primera vez que ve a su futura esposa -el matrimonio será concertado, por supuesto-, van a pasear por el parque. Allí hay una escultura del dios del amor. La miran y se preguntan: «¿Qué es?  ¿Un pájaro?». No es de extrañar que Estevet y su esposa, conciban una sola vez, y que ésta sea el resultado del único día libre que se toman en su vida.

Porque la vida, según el sabio señor Esteve, fundador de La Puntual, no es otra cosa que trabajo. ¡Ojo! No trabajo duro, que para eso somos comerciantes, no obreros. Pero las doce horas frente al mostrador no te las quita nadie. Y después de la jornada laboral, a casita, como buenos catalanes. Nada de ir a pasear o al bar a tomar unas cañas, que eso es de emigrantes. Apenas salen del comercio, sólo en contadas ocasiones; por ejemplo, en la boda de Estevet: ¡hay qué ver cómo endrapan los burgueses! A dos carrillos, ¡y repiten!, ahora liebre, después cordero.

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Grande Julia Caba Alba, encarnando a la señora Pepa, siempre enferma, siempre quejándose, pero que en realidad goza de una salud de hierro. Paradigma del victimismo catalán.

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De manera que la vida de esta familia burguesa discurre así, encerrados, encarcelados entre puntillas e hilos de colores. Dedicados en cuerpo y alma al negocio. ¡Nada en este mundo es más importante que La Puntual! La señora de Ramón, Roseta, se encuentra en el momento decisivo del alumbramiento. Su marido está inquieto, las clientas no paran de entrar, curioseando. ¿Ya ha nacido? Todavía no. Ramón sube, quiere acompañar a su esposa, pero ella le dice: «Baja, no descuides la clientela, que eso es lo primero».

Esto es el colmo del aburguesamiento. ¡Es surrealista!

En efecto, el filme goza de un humor socarrón. Cuando nace Estevet, lo llaman «el heredero», y no tardan ni un santiamén en bajarlo a la mercería para que los clientes puedan admirarlo. Ahí se reflejan los aires de grandeza de esta familia pequeñoburguesa. Se ven a sí mismos como miembros de la realeza que muestran a sus súbditos -la clientela- el heredero al trono de La Puntual.

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El rey mostrando a su heredero.

La socarronería se vuelve incisiva por momentos. Qué se iba a imaginar el pobre señor Pau que llevó la contabilidad de la Casa Comé durante veinte años. En su primer día de trabajo lo ponen a barrer la tienda. Y de ahí pasa a ser el chico para todo: lleva las cuentas del negocio, limpia cristales, hace recados, lleva un carnero a cuestas en la procesión… Ahí pone Neville el dedo en la llaga, mostrando la explotación del abuelo, tótem del pensamiento burgués. Ese patrón que no da un palo al agua, pero que siempre está presente. Que hace trabajar a destajo a todos los demás. Símbolo de la explotación capitalista y la más absoluta carencia espiritual.

Recién nacido, Estevet insiste en la importancia de bautizar al niño, pues en cualquier momento éste podría morir y, de no estar bautizado, acabaría en el limbo. De modo que es preciso bautizarlo cuanto antes, mejor. Al día siguiente, la familia se dirige a la iglesia para proceder al bautismo. Van en un carruaje, como requiere la ocasión. En un momento dado, al formarse un atasco, se produce un altercado entre su conductor y el de un carromato que transporta mercancías.

SEÑORA PEPA

La cuestión es que no se nos comprometan estos hombres.

SEÑOR ESTEVE

Además, que el comercio es lo primero. Que el bautizar a una criatura tiene espera. Y el género no entregado a tiempo tiene merma y avería.

 

 

 

 

 

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