"El hábitat natural para tu mente enferma"


Teatro III

Publicado en marzo 27th, 2015 | por Carmen Viñolo

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Entrevista a Antonio Espejo: Valle-Inclán y el eco de la palabra

CubiertaCartas, manifiestos, entrevistas, artículos, algunas páginas olvidadas por y acerca de Ramón del Valle-Inclán. Antonio Espejo reúne en El eco de la palabra (Araña Editorial, 2014) diversos documentos, algunos de ellos inéditos hasta la fecha, que ensanchan el conocimiento sobre la obra, el pensamiento y la biografía valleinclaniana. Una excelente labor de investigación que ha escarbado entre archivos y bibliotecas del mundo entero, rescatando telegramas, autógrafos y un importante archivo fotográfico.

Entre las páginas de El eco de la palabra nos encontramos a Valle, ese Cristo bizantino, descendido de la cruz, vestido y lanzado a los azares del mundo; tan flaco, que se antoja quebradizo. Al menor movimiento que hace, le cruje el esqueleto. Sindicalista, republicano y pacifista. Ese hombre que, pese a todo, no pierde el humor: “Lamento no poder serle útil a causa de mi absoluto desconocimiento en asuntos teatrales“, escribe lacónicamente en un telegrama.

Espejo nos ofrece un trabajo que no sólo ahonda en la figura de uno de los mejores escritores españoles de todos los tiempos, sino que hará reflexionar al propio lector.

Una pregunta inevitable que me viene a la cabeza tras haber leído tu libro es: ¿cuánto tiempo te ha llevado?

La verdad es que no sabría responder de una manera directa. ¿Meses? ¿Años? De los tres libros que llevo publicados, este es el que mayor dedicación me ha exigido, sin duda. Tras cada entrevista, carta o autógrafo, te puedo confirmar que existe un largo proceso de búsqueda, con una indagación en ocasiones ciertamente apasionante. Más de una vez, un pequeño dato ha supuesto un descubrimiento insospechado, algo que, sin duda, acaba por dar un poco de sentido a la labor silenciosa y oscura de los investigadores. En mi caso, también justifica el enfático sobretítulo, Claves literarias e intelectuales de Valle. De hecho, algunos textos ayudan a entender mejor los mecanismos de creación del escritor; otros, en cambio, arrojan una imagen muy nítida de la preocupación continuada de don Ramón por los asuntos de su tiempo.

Me gustaría creer que se trata, en último término, del fruto de un periodo concreto de mi vida dedicado al estudio de una figura capital de nuestra cultura, que, eso sí, contaba ya con un corpus crítico de miles de artículos, numerosos libros, una cátedra universitaria dedicada a su memoria y varias revistas monográficas. Principalmente el libro aspira a clarificar ciertos aspectos en sombra de la trayectoria del autor, caso de la visita a Bruselas de 1920 (cuestionada u olvidada en las biografías escritas hasta la fecha), y profundizar en su interesante personalidad intelectual. Siempre a través de los documentos recopilados, a los que he añadido un breve comentario contextual, que se subordina, en todo momento, al valor cardinal que posee la propia palabra valleinclaniana.

Antoni Espejo durante la presentación de El eco de la palabra en Nuevo Teatro Fronterizo, Madrid. Junio de 2014.

Josep Lluís Sirera apunta en el prólogo que en este país “no andamos sobrados de investigadores de campo“, que en el campo de los estudios literarios se prefiere la interpretación o la crítica. ¿Cómo percibes tú este escenario?

Si me lo permites, citas a Sirera y me gustaría recuperar algo que representa un auténtico regalo. Me refiero, por supuesto, a los párrafos que sirven de preámbulo al libro, ese estupendo prólogo donde Josep Lluís no sólo sintetiza su contenido de manera genial, sino que además lo pondera en aquello que puede resultar de valor para el conocimiento de la vida y obra de Valle-Inclán. Admito que en ello he tenido mucha suerte. No exagero si afirmo que a él (cuántos otros como yo podrían hacerlo) le debo la orientación de mi trabajo como investigador. Desde que finalicé mis estudios de licenciatura, no he estado condicionado por ningún tipo de programa o línea departamental, ya que me dedico a la enseñanza secundaria y, desde el principio, he entendido el ejercicio de la investigación como un acto vocacional, jamás condicionado por otros intereses. Creo haber asimilado una cierta aspiración a lo independiente en el conocimiento gracias a la influencia de sus clases universitarias, donde acabas impresionado por tan incuestionable maestría, pero también aprendes a compartir ese vínculo contagioso de auténtica pasión por la historia de la literatura y el teatro, de las que el propio Sirera (no lo olvidemos) forma parte. En mi opinión, si pretendemos algo más que solventar un trámite curricular o académico, es indudable que ese entusiasmo debería impregnar el carácter de cualquier tipo de investigación.

En El eco de la palabra recoges algunas cartas y artículos, que nos hacen testigos de primera mano de algunas vivencias del escritor, como aquella en la que pierden sus maletas y manuscritos en su viaje a Asunción, o la del ambiente que se vivía en Revista Nueva el día que recibieron a su primer suscriptor. 

En efecto, Valle-Inclán es un protagonista primordial de la cultura española de la Edad de Plata, esa época inigualable que supuso el remate de la monarquía y el germen de la democracia republicana de 1931. Bien pronto, Valle entiende que su espacio está más cerca de la libertad intelectual y del desprecio del sistema político de la Restauración que del clientelismo de que se sirven muchos de sus contemporáneos, empeñados en medrar en las tribunas de los periódicos del momento para alcanzar una posición o ganarse el pan. Incluso en aquellos años heroicos en que todavía no puede sustentarse con el fruto de su propia obra, encontramos a don Ramón en algunas de las experiencias colectivas más interesantes de la nueva literatura. Me refiero a aquellas publicaciones y folletos de vida efímera (algunas veces, conseguían editarse, a duras penas, muy pocas semanas) que sirvieron de laboratorio creativo para los autores del primer tercio del siglo xx. Y Revista Nueva, promocionada por Ruiz Contreras, es una de ellas. Pero también lo es La Vida Española, bastante olvidada hoy en día entre los investigadores, donde Valle-Inclán alumbra a principios de 1905 un avance de Sonata de invierno.

A diferencia de lo que ocurre actualmente en la mayor parte de los casos, la prensa era un lugar excepcional para la creación y la difusión de las ideas. Gran cantidad de diarios y revistas, no siempre de índole literaria, ofrecían la posibilidad de influir en un público ávido de novedades. Por eso no es extraño que aún queden bastantes colaboraciones valleinclanianas perdidas en ese océano amplísimo que representa la prensa periódica del Fin de Siglo. Estoy seguro que en el futuro podremos rescatar alguna más.

VEn las cartas, entrevistas y manifiestos se recogen un sinfín de temas, muy variopintos, que abarcan desde la pena de muerte, pasando por los concursos amañados, la situación de los mineros, la industria editorial o la tauromaquia.

Como intelectual de su tiempo, Valle-Inclán no se limita a intervenir en público para opinar, en exclusiva, sobre asuntos artísticos. En una fecha tan significativa y temprana como 1898, don Ramón firma un manifiesto en Madrid a favor de la dignificación de Émile Zola, que había sido condenado injustamente tras su intervención en el caso del capitán Dreyfus. Es sólo un ejemplo. No cabe duda que Valle se compromete, asume que no puede permanecer indiferente ante lo que ocurre en Francia, y se arriesga incluso con un escritor por el que no sentía demasiado afecto en el plano estético.

Esta implicación del escritor con la sociedad que le ha tocado vivir transgrede la validez de las etiquetas generacionales que, en el caso de la literatura española, han hecho tanto daño a la hora de analizar nuestra historia contemporánea. Me refiero, por supuesto, al lema «Modernismo» versus «Generación del 98», que en mi opinión ni siquiera es válido como herramienta didáctica. Pensemos en Valle-Inclán. ¿Cuántas veces hemos leído que el maestro gallego migra del ensueño decadente al sentimiento noventayochista a partir de la creación de los Esperpentos? ¿Por qué han de ser excluyentes la adscripción a determinados procedimientos estilísticos y la conciencia social? ¿No existen asimismo fórmulas, pinceladas de caracterización grotesca, como han demostrado varios investigadores, en las primeras creaciones valleinclanianas?

Recordemos también que, durante años, la imagen interesada que se proyectó del escritor y su obra se acomodó a los cauces marcados por la dictadura franquista, que no escatimó esfuerzos en aniquilar todos los valores que habían conformado el espíritu de la República del 14 de abril. Y claro, la figura de don Ramón del Valle-Inclán, junto a Antonio Machado y tantos otros intelectuales antifascistas, era interpretada como un auténtico símbolo de aquella identidad emancipadora, como un referente primordial de la democracia y la España libre que debían ser extinguidas.

A través de las cartas y manifiestos que has recuperado y compilado, se hace patente la ideología y voluntad pacifista de Valle-Inclán. Me ha zarandeado especialmente aquél, firmado por el Comité español contra la guerra en 1932, en el que se advierte no sólo del peligro de una guerra que se acerca, sino de su inmensa magnitud.

Hablamos de un proceso que arranca en las jornadas de la Gran Guerra, precisamente acometido por la misma figura pionera que promueve aquella campaña en la España republicana, el gran escritor francés Romain Rolland. Recomiendo la lectura de la magnífica autobiografía de Stefan Zweig, El mundo de ayer, donde se razonan, de una forma muy precisa, los principios de esta causa, que no son otros que los del internacionalismo fraternal entre la intelectualidad de todo el mundo. La idea era consolidar un amplio frente de oposición, desde la heterogeneidad ideológica de sus miembros y sin ninguna filiación partidista, que frenara el avance del nazi-fascismo y despertara la narcotizada conciencia de las naciones aliadas. La nómina incluía personalidades universales como Einstein, Mann, Dos Passos, Barbusse, Gorki, Sinclair y Sandino. Aunque nos resulte increíble ahora, los pensadores, científicos y artistas todavía gozaban de un prestigio, de la autoridad moral suficiente para provocar la reflexión pública en el conjunto de la ciudadanía.

Más allá, y aunque Valle-Inclán no asumiera para sí el papel del intelectual orgánico afiliado a un partido o sometido a un ideario hermético, su actitud es la de tantos hombres y mujeres que, en la época del arte de avanzada, se enfrentan a la dictadura y deciden integrarse en el amplio movimiento antifascista como protesta a la agresión de los totalitarismos del Eje. La creación de una pieza teatral muy breve en 1922, ¿Para cuándo son las reclamaciones diplomáticas?, es determinante para entender el desprecio que Valle demuestra hacia la España reaccionaria y germanófila que estaba a punto de sustentar el Directorio militar.

Al mismo tiempo, pocas voces existían que despertaran una reconocida admiración más allá de nuestras fronteras. Que sepamos con certeza, Ramón del Valle-Inclán fue invitado a lo largo de su vida por diferentes gobiernos extranjeros, caso del francés, el mexicano, el belga o el soviético, siempre en calidad de agente intelectual de la cultura y la literatura hispánicas. Y esta implicación con la realidad de su tiempo sólo se extinguiría el día de su muerte.

IV

Ramón del Valle-Inclán.

El escritor sevillano Rafael Casinos Assens lo ilustra a la perfección en su novela La huelga de los poetas, basada en el episodio histórico de la huelga de periodistas de 1919. Fijémonos en la fecha, pocos meses después del fin de la Primera Guerra Mundial y reciente en la memoria el estallido de la Revolución Soviética. Los literatos y gacetilleros, carentes de una regulación que asegurara su sustento, inician por entonces la constitución de plataformas, de asociaciones que representen sus intereses, como hacían anteriormente los delegados políticos y miembros del movimiento obrero. Por ello, la imagen del rapsoda modernista aislado en su torre de marfil, ajeno a las conmociones de un mundo en lucha, se nos revela a todas luces más que falsa.

En una de las entrevistas el dramaturgo define la tradición estética española como “el grito y la diversidad, la magnificencia de los escenarios“.

Debemos considerar aquí el amplio conocimiento que tenía Valle-Inclán del teatro clásico, no sólo del español, sino también de la tradición europea, en especial la lectura reconocida de la obra de Shakespeare, que tanto influye en la arquitectura de las Comedias bárbaras. A lo largo de su vida, él mismo emprende la adaptación de textos clásicos. Esta entrevista que mencionas, mantenida con Ángel Lázaro en julio de 1930, es muy interesante por varias razones. Primero, porque, con su peculiar estilo, don Ramón desea explicar la especificidad declamatoria y escenográfica del drama nacional, para, poco después, vincular esa vía con la naturaleza popular del teatro que él mismo ha creado, en especial los Esperpentos, reunidos por aquellas fechas en el volumen de Martes de carnaval.

Un aspecto al que todavía no doy crédito es que sus obras no se representasen, porque se pensaba que eran “irrepresentables”, y que no darían beneficios. Aunque Valle gozaba de un elevado prestigio como escritor y sus obras dramáticas se vendían muy bien.

Es sorprendente, ¿verdad? Hoy sabemos que don Ramón fue de los pocos escritores de su tiempo que consiguió dedicarse profesionalmente a la literatura. Incluso se atrevió a autoeditarse los libros con ánimo de obtener un mayor rendimiento económico en las tiradas. Sin embargo, el carácter revolucionario de sus propuestas estéticas chocaba con los usos ramplones del teatro español. Con la excepción de algunos montajes de teatro poético anteriores al episodio del estreno de El embrujado en 1913, ningún empresario parecía estar interesado en la difusión de esta valiosa producción dramática. Sin el esfuerzo de Cipriano de Rivas Cherif o los proyectos de arte de El Mirlo Blanco y El Cántaro Roto, Valle no habría visto escenificada ninguna de sus piezas escritas a partir de 1920. Aun así, tendremos que esperar hasta 1964 para el estreno mundial en lengua castellana de Luces de bohemia a cargo de los Amigos del Teatro Español de Toulouse, una compañía semiprofesional fundada por autores del exilio republicano. ¡Más de cuarenta años después de la primera edición de la obra en la revista España! Mientras tanto, el franquismo limitaba, censuraba y dificultaba la divulgación de su literatura dramática, aunque el prestigio del autor no dejó de menguar entre las jóvenes promociones de dramaturgos.

Por fortuna, el teatro de Valle-Inclán es objeto de continuas revisiones en la actualidad. Es rara la temporada que la cartelera española no acoge nuevos montajes de su obra, incluidas las adaptaciones de grandes novelas como Tirano Banderas. Con el paso de los años, don Ramón ha pasado de ser un proscrito en la escena española a algo que seguramente provocaría su sonrisa mordaz: todo un clásico del teatro contemporáneo. Y ello con todo merecimiento.

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