"El hábitat natural para tu mente enferma"


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Publicado en octubre 6th, 2018 | por Marcos Gendre

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“Éramos jóvenes e inconscientes”, de Laurent Fignon

Si hay un ciclista que ha sido considerado un villano por encima de todos, sin duda, ése ha sido Laurent Fignon. Durante los años 80, su carrera contra todo y todos fraguó una de las batallas más épicas contra el entorno -ya fueran ciclistas rivales como periodistas-, que quedó grabada en la memoria colectiva como la lucha de un bocazas incorregible incapaz de levantar el hacha de guerra. No podía ser de otra forma, era Fignon, un tipo que de sinceridad a tumba abierta. El mismo al que le robaron un Giro, suprimiendo una cumbre del calendario en la etapa clave para que no pudiera sacar distancia al campeonissimo, Francesco Moser, y que en ese mismo Giro tuvo que sufrir el ataque de un helicóptero que volaba a ras de cabeza, la suya… En ese mismo año, el 84, Fignon se hacía con su segundo Tour. No tenía más de 23 años. El mundo era suyo. O, al menos, eso es lo que creía este deportista de aura olímpica, culto y literato, como demuestran las páginas de Éramos jóvenes e inconscientes, (Cultura Ciclista, 2012), la autobiografía de un tipo singular, que, según nos adentramos en sus 38 relatos, es como si nos hubiera reservado sillín de cópiloto a lo largo de una lectura que progresa como una subida a su querido Galibier, heroica y majestuosa.

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A lo largo de las 316 páginas que conforman el trayecto, nos encontramos ante un escritor de tomo y lomo, donde su prosa se hace grande a golpe de pedal. De su tempestuosa relación profesional con Cyrille Guimard a los últimos golpes de genio del que fue su jefe de filas en Renault, Bernard Hinault, Fignon nos describe con impetuosa exactitud la verdad sobre el ciclismo de “su” época. Él mismo se erige como el guía de una ruta que va desde los años donde las clásicas eran de una relevancia mayor a la progresiva devaluación de los valores ciclistas con la entrada de los años 90. No hay reflejo más impactante que el tramo final del libro, cuando en Gatorade le incitaban a tomar EPO, y él se negó hasta el final. Porque como bien describe, el dopaje “artesanal” no era más que el resultado de una mezcla de inocencia y desconocimiento parcial. Ahí está su capítulo dedicado a la Vuelta a Colombia, donde los maleteros con cocaína campaban a sus anchas delante de los ciclistas o esos potes de anfetas, los cuales estaría bien calcular hasta qué punto eran beneficiosos para los resultados posteriores.

71Z1bFlPNqLSin excusarse en ningún momento de sus errores, Fignon pone todas las cartas sobre la mesa y, entre todas las batallas, memorablemente relatadas –inolvidables las dos Milán-San Remo, del 88 y el 89- tiene tiempo a ser más Fignon que nunca. De su puño y letra cae un grifo abierto de reflexiones que explican al detalle la transformación de un ciclismo, el suyo, el de su admirado “honorable irlandés” Sean Kelly o el del “Tejón”, donde los grandes atacaban, no se defendían continuamente. Entre medias, estamos ante el relato en primera persona de toda una filosofía ante el ciclista que aún no sabe que lo es, el que jamás podrá de dejar de serlo y el que se retira y tiene que reconvertirse. Una oda de amor absoluta a un deporte que, con sus luces y sombras, Fignon describe con trazo  grandilocuente pero nunca sin perder el norte de “la verdad”. La misma que él tuvo que soportar en sus adentros cuando, después de la  grave lesión que sufrió en el 85 y que le mermó ya hasta su última pedalada, tuvo que sufrir el cambio de rol de héroe a villano, de admirado a vilipendiado, tanto por la prensa como por los propios compañeros de equipo, tal que Charly Mottet o su odiado Greg LeMond. Los mismos que, sin saberlo, insuflaron de rabia a un tipo que, casi veinte años después de guardar la bicicleta en el garaje, los metabolizó en dolorosos fantasmas de un libro que, más que ningún otro, es la road movie definitiva sobre una vida sin la que este bendito deporte jamás habría alcanzado la edad de oro a la que él mismo dio lustre.

Escrito con una prosa de exultante proyección visual, lo que también hace de ésta una autobiografía deportiva distinta al resto es la demostración de que Fignon era tan buen escritor como ciclista. Y eso es decir mucho. Bueno, sí, quizás demasiado…

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