"El hábitat natural para tu mente enferma"


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Publicado en octubre 26th, 2015 | por Editorial

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Gloria

Quien diga que Gloria van Aerssen ha muerto, miente. Gloria sencillamente ha saltado un pequeño charco en la acera. Tenía una cita, había quedado con su mejor amiga para tomar un té a la inglesa en su taberna preferida de Madrid.

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Sus hijos, Ignacio, Laura, Álvaro y Diego de Cárdenas van Aerssen-Beyeren escribieron las siguientes palabras durante los últimos días de la cantante y compositora. Desde La Zancadilla no encontramos mejor manera de rendirle homenaje que reproduciendo este texto lleno de amor, poesía y magia:

“Estos últimos días de espera, como todos los hermanos hacen cuando el final de su madre está cerca, hemos estado recordando.

De repente te ves de pequeño, llegando a casa del colegio, entrar corriendo en el salón, mamá y la tía Mari Carmen con sus guitarras o al piano, el maravilloso Stainway de cola herencia de la tía Albertina, las dos componiendo los temas del primer LP y contándonos la historia de una ballena azul, de una niña llamada Mari Luz… Y paraban para merendar con nosotros en la cocina, pan y mantequilla, leche o té.

Y luego las fiestas en casa con su pandilla de amigos tan divertidos, para nosotros como si fueran de la familia. Con el tiempo supimos que esa familia de amigos hacía cosas maravillosas en el cine, la pintura, la música, el baile.

Todo empezó cuando conoció a la tía Mari Carmen en una parada de autobús. Estaba silbando Tanhäuser y nuestra madre se acercó y se unió a ella silbando una segunda voz, y a partir de ese momento se hicieron inseparables, y más adelante formarían Vainica Doble.

Por aquel entonces nuestra madre estudiaba Bellas Artes, entró muy joven en la escuela de San Fernando con trece o catorce años. También bailaba y salía de gira internacional con la compañía de Pilar López, de la que su hermano era primer bailarín. Dejó de bailar cuando conoció a nuestro padre, un hombre con un sentido del humor maravilloso, muy divertido y pintor de gran talento.

A nuestra madre le gustaban muchas cosas que siempre compartía con nosotros. Veíamos películas de los hermanos Marx, de Lubitch, o de Billy Wilder; hacíamos tartas y galletas, nos enseñaba a Fra Angélico, Mantegna o Vermeer. Nos contagió su amor por los libros y siempre había cerca alguno de Conrad, Tolstoi o Galdós. Por supuesto la música fue su gran pasión, Bach, Schumann, Brahms, Falla, Stravinsky, los Rolling, Beatles, Traffic, Who…

Todo este batiburrillo, toda esta mezcla parecía y era natural. Nos enseñó a mirar y a escuchar con atención, a descubrir lo maravilloso en lo cotidiano, a rodearnos de belleza.

No le importaba que anduviésemos pisando charcos y llegáramos a casa llenos de barro. Todo este amor por las artes y las cosas bonitas de la vida nos las transmitió, y nosotros a nuestros hijos, sus queridos nietos, Clara, María, Juan, Paloma, Lola, Gonzalo e Ignacio.

Hemos aprendido que la música, la pintura, el cine, etc. te ayudan a disfrutar los buenos momentos y superar los malos. Nos ayudarán ahora a decir adiós a las meriendas, a los paseos, a las partidas de gin rummy, a los gin tónics, a las conversaciones disparatadas.

Siempre nos dijo que quería morir comida por un oso polar, tal y como hacían los esquimales en Los dientes del diablo. No hemos conseguido encontrar un oso, pero sí un hospital en medio de un bosque en Cercedilla, donde ha sido tratada con mucho cariño, y la han ayudado a morir sin sufrimiento.

“…..Era una noche obscura y tormentosa….”

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