"El hábitat natural para tu mente enferma"


Dolor de muelas Schopenhauer rojo

Publicado en junio 19th, 2016 | por Carmen Viñolo

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Hazlo por Schopenhauer: Hüsker Dü y la democratización del arte

Hay mucha gente haciendo cosas. Cada vez más. También hay mucha gente diciendo cosas. Las mismas cosas.

En los últimos tiempos el arte se ha democratizado. Ya no pertenece a una reducida élite, sino que sus puertas se han abierto y puede entrar casi cualquiera. Aunque este nuevo escenario da la oportunidad a mucha gente que en tiempos pasados habría estado excluida, también es verdad que día tras día el mundo se llena de obras prescindibles, insulsas; de obras que con su mera presencia ocultan aquellas realmente importantes. A menudo, el verdadero arte queda arrinconado, desconocido. Es siempre la lucha entre lo verdadero y lo falso, susurraba el pintor holandés Bram van Velde.

Por otro lado, la idea generalizada hoy en día de que todo el mundo puede ser un artista esconde un propósito terrible. Decía Grant Hart  allá por 2012:

He reflexionado sobre esa opinión de que todo el mundo tiene el potencial para escribir un libro, de que todo el mundo tiene el potencial para hacer una canción o para diseñar un edificio. De que todo el mundo tiene el potencial para ser un artista. Y creo que todo eso es propaganda para minimizar la importancia del artista y los intelectuales en la sociedad porque ya sabes, si hacemos nuestro trabajo es imposible que determinadas cosas sigan sucediendo mucho tiempo. Quiero decir, la crítica de los artistas sobre la sociedad y los medios… El artista ha sido saboteado y ese sabotaje ha sido disfrazado de evolución democrática. […] Y que cualquiera pueda ser un artista, por supuesto, no es cierto[1].

¿Quién es, pues, un artista? ¿Quién es un genio? ¿Qué bandas lo son?

Éramos cuatro gatos, no más de setenta personas. Pero bailábamos como rusos locos. Cuánto más eufóricos estábamos, más caña daba Bob Mould a su guitarra. Cuando creías que ya te habían llevado a lo más alto, tanto que incluso sentías vértigo, la música se volvía más trepidante. Ni un solo respiro en cincuenta minutos. Y, mientras alcanzábamos el éxtasis estético -algunos con lágrimas en los ojos-, el tío Bob sonreía.



[1] Boullosa, Luis: El puño y la letra, 66 rpm, Barcelona 2013, páginas 112-113.

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