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Publicado en julio 4th, 2014 | por Raül Jiménez

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Karnisovas, el asesino silencioso

Lietuva! Lietuva! Lietuva! Siempre.

 Tuvo que pasar en mi ciudad, Barcelona, y a una edad en la que uno comienza a forjarse a sus mitos. Hablo, claro, del único y verdadero Dream Team USA. Los que vinieron y vendrán después serán grandes, incluso antológicos equipos, pero nunca a ése nivel. También me refiero, por supuesto, a la espectacular Croacia —por favor revisad los nombres y salivad, salivad— liderada por Petrovic, logrando la plata en su primera participación como estado independiente.

 Pero, sobre todo, hablo de Sabonis, Marčiulionis, Chomičius, Kurtinaitis, Jovaiša, Einikis, Visockas, Dimavičius, Brazdauskis, Krapikas, Pazdrazdis, dirigidos por Vladas Garastas y con sus “pintas” imposibles, más propias del movimiento psicodélico de San Francisco en los 70 que de un equipo de baloncesto, cortesía de The Grateful Dead —encantado de contaros la historia otro día—. Un bronce legendario para una Lituania recién liberada del gigante ruso —menudo partido por el tercer y cuarto puesto aquél— y también el primer campeonato que servidor pudo ver al jugador objeto de este artículo y a quién faltaba mencionar en esa histórica selección: Artūras Karnišovas.

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Karnisovas perfilando la jugada asesina.

 La promesa y la decepción

 Nacido en Klaipeda en 1971, en los JJOO de Barcelona Karnišovas ya era una fulgurante promesa llamando a las puertas de la titularidad en un combinado repleto de talento, pese a que entonces tan solo era un jugador de segundo año en la universidad norteamericana de Seton Hall, a la que se marchó tras despuntar en su etapa de instituto en el Statyba Vilnius. En 1994, su año senior, destacó como un magnífico anotador, promediando 18.3 puntos, ganándose así su apodo de “asesino silencioso”, debido a su facilidad para acabar con grandes números sin llamar demasiado la atención en la cancha. Y, de paso, se licenciaba en económicas.

 Las expectativas eran grandes, pero la noche del draft fue cruel con él. Asistió, pero no fue seleccionado por ningún equipo —hubo un efímero tanteo con Milwakee Bucks—. Parece que pese a sus 2.04 de estatura se le consideró un jugador poco explosivo —siempre fue un jugador de elegantes bandejas y no rudos mates— y, como entonces aún les sucedía a la mayoría de jugadores europeos, algo blando para la posición de alero. Decepcionado, Arturas volvió a Europa, enrolándose en el Cholet francés.

 La explosión del “asesino silencioso”

Pero Karnisovas iba a demostrar con creces el grave error que los scouts de las franquicias NBA —salvo excepciones, siempre primando al atleta, no al jugador de baloncesto— habían cometido. Con solo 23 años, rápidamente se erigió como el líder indiscutible del equipo francés, promediando 20 puntos y 6,5 rebotes —más del 40% en triples— en su etapa en el Cholet. Y entonces, llegó la eclosión, con un extraordinario Eurobasket de 1995 —memorable torneo y otro momento fundamental en la “vida baloncestística” de quien escribe—. Convertido en el tercer estilete ofensivo tras Sabonis y Marciulonis, nada menos, de una Lituania temible a la que solo los árbitros pudieron derrotar en la final contra la entonces Yugoslavia de Djordjevic, Danilovic, Bodiroga, Paspalj y Divac…, de la noche a la mañana, Arturas pasaba a ser la perla europea más codiciada del mercado. El Barcelona no tardó en hacerse con su contratación, y un servidor pudo disfrutar, por fin, de tener a un lituano inolvidable en su equipo.

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Karnisovas: la plástica en estado puro.

 Y es que el aterrizaje en la ciudad condal fue incontestable. Pese al sempiterno sistema de rotaciones de Aíto García Reneses y el hecho de estar en un equipo de la élite europea, sus números no mermaron, promediando casi 21 puntos y más de cinco rebotes por partido. Pero Arturas era más que números. Era ver a un jugador en sincronía con los ritmos de este hermoso deporte, marcando como nadie los pasos a la hora de penetrar, cuadrándose en cada tiro libre —me sabía su rutina de memoria: recibir el balón, botarlo mirando al suelo, “enfocar” la canasta, flexionar las rodillas, subir el tren superior acompasadamente, estirar los brazos, lanzar el balón—, leyendo el corte definitivo en la zona, soltando el gancho en el cénit de su salto —contrariamente a la inconsistencia defensiva y falta de agresividad para postear que algunos le achacaban, Aíto lo supo utilizar de ala-pívot, aprovechando su movilidad y destreza en el poste bajo—, o fusilando al rival desde la línea de tres –otra rutina indeleble: clavar los pies, extender al máximo sus largos brazos, concluir el salto con un ligero desvío hacia la izquierda—. Sin aspavientos, sin gestos chulescos o “tirándose las zapatillas”, pero con demoledora eficacia. Un clínic de fundamentos en cada partido. Siempre permanecerá en mi memoria su debut ACB, contra el Taugrés del tristemente desaparecido Manel Comas en su fortín vitoriano. 7 de 8 en triples, más de 30 puntos, paliza por más de 20 y un saber hacer en la pista comparable a “señores” de la cancha como Alex English o el Ray Allen de los Sonics. Ya tenía a mi estrella.

 Liderados por nuestro silencioso número 14, el Barcelona haría doblete liguero en la ACB las temporadas 96 y 97, pero se quedaría a las puertas de la gloria europea en dos finales, diametralmente opuestas, de la entonces Copa de Europa de baloncesto. La primera, de infausto recuerdo, la del atraco a mano armada de Boris Stankovic y el Panathinaikos de Dominique Wilkins tras el tapón ilegal de Vrankovic a Montero. La segunda, la de la dolorosa exhibición de David Rivers al mando de su superior Olympiakos. En ambas finales, Karnisovas fue el mejor blaugrana. Con la selección, el lituano repetiría la proeza de 1992 alcanzando un nuevo bronce. Y a nivel personal, el reconocimiento internacional al ser elegido mejor jugador europeo de 1996.

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Un jovencísimo Karnisovas (el primero por la derecha) en la Lituania de los Sabonis, Kurtinaitis y compañía. Casi nada.

 Camino de ida y vuelta

 Propio del club culé, en 1997 el Barça se hizo el hara-kiri. Aíto abandonaba la nave y Manel Comas aterrizaba en la ciudad para liderar un nuevo proyecto. Pero el “sheriff” iba a ser el responsable de uno de esos errores incomprensibles para todo buen aficionado al baloncesto: prescindir de Arturas para renovar a Jerrod Mustaf como extranjero —pufo en toda regla, con espantada incluida— e intentar compensar la ausencia del lituano con Marcelo Nicola. Lógicamente, el equipo implosionaría —por Dios, fichamos a McKaskil, poco más se puede decir— y Comas ni siquiera acabaría la temporada. Mientras tanto, Karnisovas abandonaba el club fiel a su estilo educado y discreto, primero rumbo a Olympiakos —19 puntos ante Michael Jordan en el Open McDonalds— y después al Fortitudo de Bolonia. En esos tres años, el alero maduró su juego, asumiendo un rol más de equipo —en Bolonia tuvo a Carlton Myers como compañero, una metralleta que necesitaba un balón solo para él—, y ganó una liga italiana, pero también sufrió los sinsabores de las lesiones, que mermaron su explosividad. Con su combinado nacional, se bajaría del podio después de muchos éxitos, aunque a nivel personal fue incluido en el primer equipo del Mundial en 1998.

 Un jugador como Arturas merecía un epílogo mejor con el Barcelona —y también conmigo, su absurda e imprevista marcha tres años antes no me había dejado “despedirme” de él— y en el 2.000, de nuevo Aíto decide contar con sus servicios. El Barça más “lituano” de la historia de la sección, junto con Sarunas Jasikevicius —dos de mis jugadores preferidos reunidos, en aquel momento, para mí Aíto era infinitamente mejor que la suma de Phil Jackson, Red Auerbach y Zeljko Obradovic— el equipo volvió a pelear por todo, ganando la copa y la liga en la temporada 2.000-2.001, el año de la fulminante explosión de Pau Gasol. Karnisovas, pese a los problemas derivados del penoso “asunto de los comunitarios B”, rindió siempre con solvencia en su papel de secundario de lujo, con partidos estelares como los 40 puntos que le endosó al Cantabria Lobos y ante los que el discreto lituano respondía en una entrevista a pie de pista con un perplejo “¿tantos?… no puede ser”.

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Karnisovas, el gran estilete del Barça en los noventa.

 El asesino silencioso… de los despachos

 Sorprendentemente, Karnisovas anunciaba su retirada en la temporada 2001-2002, con tan solo 31 años. Aunque no sería para dejar el baloncesto. Gracias a su formación académica y la experiencia profesional acumulada, desde entonces ha emprendido una sólida y exitosa carrera en los despachos. Primero como ojeador de jugadores, llegando a ser scout de los Houston Rockets, y después como asistente del general manager de los Denver Nuggets, cargo que ocupa en la actualidad. El asesino silencioso sigue al acecho…

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