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Publicado en diciembre 4th, 2013 | por Rubén Sánchez

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Las Aventuras del Príncipe Achmed: Un universo en silueta

PortadaSeguramente habréis escuchado más de una vez esa máxima que reza que Blancanieves y los Siete Enanitos (Snow White and the Seven Dwarfs, 1937), dirigida por David Hand y producida por Walt Disney, es el primer largometraje de animación de la historia. Esta afirmación podría ser cierta si considerásemos únicamente las producciones de dibujos animados, pero, si tomamos el término animación en toda su amplitud, coincidiremos en que una película realizada mediante la técnica de las sombras chinescas entraría perfectamente dentro de ese término. Naturalmente, resulta complicado imaginar que se pudiese crear un largometraje realizado con esa técnica en una fecha anterior a Blancanieves y los Siete Enanitos, principalmente porque tendría que crearse usando un sistema análogo al que hoy en día conocemos como stop-motion. Era complicado, pero no era imposible para una mujer con la creatividad, imaginación y capacidad de trabajo de Lotte Reiniger.

La tarea de crear una producción animada no era nueva para la alemana, puesto que anteriormente ya había realizado cortos usando siluetas, pero en 1923 se propuso ir más allá y crear un largometraje (más de 60 minutos). A una velocidad de 24 imágenes por segundo, rodar una hora supondría capturar nada menos que 86.400 tomas, por eso no es de extrañar que tan titánica tarea le ocupase tres años de su vida. No estuvo sola, sino que contó con el apoyo de su marido, Carl Koch, de Walter Ruttmann, autor de la escena de los demonios de Wak Wak, y de Berthold Bartosch. Este grupo humano, liderados por Lotte, fue capaz de ir salvando todos los escollos que se le presentaron, abriendo nuevos caminos en la producción y en el lenguaje cinematográfico, y sentaron las bases de la industria de la animación. Un logro que hoy en día no parece haber sido suficientemente valorado ya que Las Aventuras del Príncipe Achmed (Die Abenteuer des Prinzen Achmed, 1926) no suele encontrarse entre el selecto grupo de películas que casi cualquier persona conoce aún sin haberlas visto. Una gran injusticia, sin duda, ya que nos encontramos no solo ante una pionera, sino ante una obra de gran valor artístico.

Es posible que a la hora de enfrentarse a su visionado nos puedan entrar prejuicios tales como pensar que es imposible lograr una expresividad suficiente, o que todos los personajes acabarán siendo prácticamente iguales. Por suerte, son necesarios unos pocos segundos para despertar y darnos cuenta que las manos que crearon esas siluetas tenían que ser casi mágicas, porque el nivel de detalle es más que sobresaliente, baste observar las manos o las largas cabelleras de algunas doncellas, y cada uno de los personajes se distingue del resto con pasmosa facilidad mientras nos recreamos en cada recoveco de las siluetas. No solo eso, sino que gesticulan con una naturalidad más que sorprendente y se mueven de forma suave, en algunos momentos más que en otros.

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El grado de detalle es sorprendente

Pero Las Aventuras del Príncipe Achmed no se queda solo en un prodigio técnico, sino que su historia acompaña bastante bien en el resultado final. Basado en Las Mil y Una Noches, relata el enfrentamiento de Achmed y un malvado hechicero africano cuya meta es raptar a la hermana del príncipe. Para ello creará un corcel volador con la insana intención de entregárselo al Califa a cambio de la mano de su hija. Achmed recorrerá diversos lugares, a cual más imaginativo y bello, y se encontrará con Aladino, una bruja o la princesa Peri Buna, de la cual se enamorará sin remedio.

Al igual que en las mejores películas mudas, en las que revierten la ausencia de diálogos en favor de una mayor expresividad artística mediante las imágenes, en el largometraje de Lotte Reiniger las limitaciones que puedan suponer las siluetas se olvidan rápidamente y se muestran como el mejor vehículo posible para hacernos soñar y trasladarnos al mágico mundo de Achmed. Quizá el tiempo le acabe dando a esta obra el estatus que realmente merece, o quizá sea mejor que permanezca así, casi oculta a los ojos del mundo como un tesoro enterrado a la espera de ser descubierto. De lo que estoy seguro es que un verdadero amante del cine difícilmente se arrepentirá de dedicarle una hora escasa de su vida a Las Aventuras del Príncipe Achmed.

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