"El hábitat natural para tu mente enferma"


Literatura en el patio foto 3

Publicado en octubre 29th, 2015 | por Marcos Gendre

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Los desheredados: Malcolm Braly, “En el patio”

en el patio foto 1Hay vidas que darían para una película con sólo leer de reojo por encima su biografía. Este es el caso de Malcolm Braly. Abandonado por sus padres con tan sólo cinco años, su vida posterior fue un tránsito continuo de familias de acogida a reformatorios y, finalmente, a cárceles como Folsom y San Quintín. Desde este últimos enclaves, Braly comenzó sus tres primeras novelas, una de ellas “En El Patio” (On The Yard, 1967), que hoy nos toca presentar y reivindicar. Para entender la trascendencia de esta obra, hay que explicar cómo la tuvo que acabar a escondidas desde la misma cárcel. No pudo ser de otra forma, cuando tras leer una parte, los mandamases penitenciarios entendieron esta obra como un reflejo tan real del funcionamiento carcelario que podría suscitar no pocos debates de ser publicada. Tuvo que ser dos años después de su puesta en libertad, cuando finalmente Braly pudo editar esta obra entre obras del subgénero carcelario; en su caso, el perteneciente a la estirpe de Edward Bunker y el mismísimo Dostoievski. Sin llegar a picos tan altos de genio, Braly no tiene más que plasmar sus vivencias con trazo sencillo para dar con el verdadero rostro de un pueblo enjaulado, como él mismo ve la disposición real de las cárceles. Celdas para una persona donde se comprime a tres, tráfico de tabaco en inhaladores para el asma -por la anfetamina que guarda entre sus piezas-, limpiadores de zapatos locos, colgados que se colocan con leche mezclada con gasolina; pero sobre todo, la idea de que la cárcel es un microcosmos de la sociedad. Las reglas, los de arriba, los estafadores, los mafiosos; y la mayoría, el pueblo llano, una masa humana arrancada de la sociedad, despojos encapsulados en un receptáculo comprimido, donde todos los males se entremezclan en una olla a presión imposible de soportar. Siempre va a renventar por algún lado.

Braly conoce como nadie este mundo. Lo describe con un poso arrojadizo de verdad en su exposición. Cada frase cuenta, cada diálogo es una radiografía al fresco del alma enfocada. Sociedad Rojo, Nunn, Hielo Willy, Manning, Palo, Gasolino, la fauna de personajes es tan grotesca por momentos que resulta un milagro que pase como el espejo más fidedignamente posible de la rutina habitual que se vivía en todas las estancias de las cárceles de aquellos años cincuenta y sesenta. Una realidad donde todos acaban regresando al mismo agujero. Cuando se vuelven a encontrar entre ellos, las preguntas suenan como a ese amigo que te encuentras en el supermercado después de tanto tiempo sin verlo. Resulta tan natural que produce escalofríos. Ya lo dice Braly en el extracto recogido en la contraportada del libro: “Si lo que quieres es seguir la tranquila rutina, más te vale coger una fiambrera e irte a trabajar, porque no hay ningún motivo por el que te pasees por aquí encorvado y tristón con un número en el culo. Hay muchos lugares más cómodos que la cárcel si estás dispuesto a a pagar el precio de permanecer en ellos. A mí nunca me ha apetecido ése tipo de vida”. Ni más ni menos, “En El Patio” es una obra rotunda en su exposición: esto es lo que hay. Los seres que pasean por los pasillos de la cárcel están atados por una correa invisible, la misma que ellos se han colocado para no perderse en caminos lejanos, e incomprensibles, a su hábitat natural.

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Como otro punto muy a tener en cuenta, no cabe duda que Braly había memorizado diálogos en su mente antes de ponerse a escribir, aunque fuera de forma infusa. Su habilidad para plasmar con semejante naturalidad los diálogos se erige como uno de los atractivos más representativos de esta obra. No hay un gramo de poesía hueca en las palabras dirigidas entre los presos. Ni uno. Todo está mascado en bocados de realidad frontal. Todo lo que se piensa es lo que se convierte en palabras. La verdad siempre corre el peligro de ser tan, tan verdadera que pueda parecer como un recurso de escritura impostado. En las antípodas de esta posibilidad, Braly sabía que para que un diálogo transmita el peso exacto de las palabras, éstas tienen que salir de personajes trazados con la severidad de la historia contada. No se admiten descripciones tremebundas, exageradas, sino templadas desde la experiencia personal, hecho que se transmite, incluso, a través de personajes casi irreales, como Palo o Gasolino.

¿Qué más se puede decir de esta joya? Que ojalá Sajalín siga con su sana dedicación al arte de los rescates de “la otra América”. Que obras de Braly, aún sin traducir, como su autobiografía “False Starts: A Memoir of San Quentin and Other Prisons” (1976), vean algún día la luz en esta editorial de gusto tan exquisito como visceral.

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