"El hábitat natural para tu mente enferma"


La cara B stooges 11

Publicado en septiembre 10th, 2016 | por Marcos Gendre

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Los Stooges y “Fun house”: instantánea en movimiento (I)

“Acabaron conquistándome por su crudeza. En su música no había apologías. No era sólo música, era casi Zen. Lo habían simplificado todo, no porque fueran malos músicos o estúpidos. Se desembarazaron de todo lo superfluo que empezaba a brotar en el rock de entonces. Eliminaron todo lo ostentoso y lo dejaron en el hueso. Rock. Supe que nadie iba a entenderlo en 1970, pero ése es el precio que pagan los pioneros. Estaban en una misión”.

Don Gallucci

 

Corría el año 1969. El mundo del rock había sufrido un electro-shock, de esos que dejan secuelas. La culpa: The Stooges habían publicado su primer LP. En tiempos de remansos post-psicodelicos, la jauría proto-punk que se abalanzaba desde Detroit estaba comenzando cambiar las directrices de los tiempos. En febrero de aquel año, MC5 atacan con su álbum Kick Out The Jams (Elektra, 1969); y mejor aún, el 5 de agosto de aquel mismo año The Stooges dan forma física a sus puñaladas de rock hercúleo a través de The Stooges, (Elektra, 1969).

Detrás de estos dos discos se encontraba Elektra, la compañía discográfica de un Jac Holzman que se creía con la oportunidad de añadir un punto de fuga al estado general del pop facturado en la época del descreimiento, tras la muerte del verano del amor. Para ello, nada más frontal que la niña de sus ojos, MC5; y ese cuarteto de desarrapados, compuesto por Iggy Pop, Dave Alexander y los hermanos Asheton, Ron y Scott. Su primera creación de relieve, The Stooges, no había pasado de un más que discreto puesto 106 en los charts de ventas. Se trataba del clásico caso expuesto a ese juez llamado tiempo. En su momento, puede que no fuera valorado en su justa medida, pero con los años su valor alcanzó cotas de reconocimiento a la altura de lo que se cocía entre sus surcos: cuatro individuos desligados de cualquier tipo de filiación a la mediocridad de lo rutinario. Bestias aprehendiendo con velocidad terminal cuál era su territorio dentro de la selva. Cazadores de emociones extremas, en crudo. Si tres años antes la Velvet Underground había puesto en jaque todos los convencionalismos del pop emergente, ahora los Stooges contaban con el mismísimo John Cale a la producción para tomar el testigo de esta labor. La evolución en el arte sólo es posible rompiendo cadenas, no añadiendo un nuevo eslabón modificado. Y desde luego, aquellos cuatro malabaristas patosos de la tensión no tenían la menor intención de ser la sombra continuista de nada ni nadie. The Stooges fue su ticket de entrada para la feria; el túnel del terror, su destino. Las sombras siempre solapan el sótano de la ideas socavadas, buscando una claraboya tras la que reflejarse. Más que rebanarse la cabeza, The Stooges eran esa idea. El concepto.

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Jac Holzman, visionario de camisa hawaiana.

El pop transmutaba a marchas forzadas. Durante aquella segunda mitad de los sesenta, entre un año y otro parecía que pasaba un lustro. El ’66 y el ’67 habían sido años incomparables. Sin embargo, la rueda no había dejado de rodar. Ante aquellos años sembrados de psicodelia, los Beatles habían respondido con la vuelta a las formas rock de White Album (Apple, 1968), The Byrds se habían desechado de la senda de magia abierta mediante The Fifth Dimension (Columbia, 1966) y Younger Than Yesterday (Columbia, 1967), The Band y Creedence Clearwater Revival se erigían como visionarios de un pasado tan inalterable como el odio a la evolución de las películas de Sam Peckinpah y Bob Dylan se había abonado a una vuelta total a la tradición, desechando el caleidoscopio de posibilidades sembrado en su trilogía de mercurio.

Ante esta vuelta enmascarada a las raíces, la necesidad de una convulsión en el corazón del blues se había vuelto una necesidad inherente, para seguir dirigiendo el curso de la historia hacia adelante. Desde Inglaterra lo habían entendido así. El papel que se le había reservado a las bandas americanas, lo estaban llevando a cabo Led Zeppelin, Jimi Hendrix, Rolling Stones y Black Sabbath. Su vital subversión de la tradición de las raíces americanas había aflorado en un  dominio aplastante de las formaciones británicas de aquel tiempo. Ante esta realidad, el funk se había convertido en el nuevo jardín del Edén que había que ocupar. James Brown, el Miles Davis eléctrico, Sly & The Family Stone y Stevie Wonder lo captaron a la perfección. La música pop, ya fuera tocada por blancos o negros, siempre había partido del caldo de cultivo afroamericano. Pero ahora era el turno de que las cabezas más visibles fueran las de los legítimos herederos.

Éste era el panorama en el que se gestó la puesta a punto definitiva de los Stooges. Para llegar a alguna zona geográfica musical inexplorada, el descreimiento total tendría que formar parte de ese plan. Que casi no supieran tocar y se llamaran “Los Idiotas”, era un buen comienzo. Si alguien quería modelos de pretenciosidad o pose plastificada, que mirara al otro lado, porque lo que estos soberanos garrulos les iban a ofrecer serían espasmos de eyaculación precoz, sadomasoquismo chusco, cataratas de ruido tumefacto y un buen costalazo de rock inflamado. Todo esto y más ya era lo que contenían los ocho cortes que habían escogido para darse a conocer en sociedad. Pero, ¿era suficiente? Seguramente, para cualquier otra formación, acotada entre los términos -muy engañosos en este caso- de garage-rock y proto-punk, semejante pira de fuego[1]ya habría sido el adalid de sus pretensiones musicales. Pero 1970 nos tenía reservado un suceso para el que nadie estaba preparado, ni siquiera ellos. Encomendados para una misión que nunca habían pedido hacer suya, lo cierto es que la pregunta a cuál podía ser la respuesta para superar aquel primer ejercicio de sodomización del rock la tenían ellos mismos grabada en su ADN. De hecho, no tenían más que seguir sus propios instintos de superación. Únicamente ellos sabían que aquella primera prueba de fuego no era más que eso, un borrador de lo que estaba por venir, de la obra que ratificaría sus  ambiciones más profundas.

Iggy Pop: “Cuando yo empezaba me atormentaba escuchar a The Beatles, The Rolling Stones y The Doors. Eran las tres grandes bandas pandémicas de la época. ¡Y eran mucho mejores que nosotros! Otros pensarán que eso es una chorrada. ¡Para mí no lo era! ¡Me ponía triste! ¡Tenía tanta envidia de ellos! Y me ayudó a ir más allá para mejorar un poco”[2].

Pero para entrar dentro de ese panteón de historia inalterable, primero había que mejorar las aptitudes técnicas de una banda, que, eso sí, estaba contando con un entrenamiento a la japonesa para poder dar sentido a su fijación.

Ron Asheton: “Para entonces, todo el mundo había aprendido a tocar y tenía alguna idea más de lo que hacer. El primer disco fue un gran dolor, porque todo lo que sabíamos era tocar con una pila de Marshalls en diez. Y esa fue la gran pelea. ‘No se puede tocar con una doble pila de diez amplificadores Marshall en este pequeño estudio’” [3].

Pero, como  no podía ser de otra forma, no bastaba con mejorar sus aptitudes con los instrumentos musicales. El objetivo respondía a mayores cotas de ambición, necesidad.

Ron Asheton: “Nunca quisimos ser cualquier tipo de banda de pop. Realmente queríamos ser algo diferente. Y como empezamos siendo vírgenes, musicalmente hablando, teníamos que desarrollar y crear algo que fuera fresco. Creo que fue un gran beneficio para nosotros el que no saber cómo tocar nuestros instrumentos muy bien. Resultó ser la génesis de un sonido completamente nuevo”[4].

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Don Gallucci -primero a la izquierda- junto a sus Kingsmen.

Pero durante su vital auto-aprendizaje, los Stooges tuvieron que sufrir la incomprensión de un público que aún no estaba preparado para la simiente de ética Do It Yourself, que los Stooges estaban aplicando desde sus mismos conciertos.

Tal como cuenta Asheton, la forma en la que les veía el público, el resto de bandas y los periodistas de aquella época era como si “fuéramos una broma. Una banda de payasos. Un acto de novedad. ‘Esos chicos no pueden tocar’. Las excentricidades de Iggy, una gran parte del centro de atención estaba ahí. ‘Ese Iggy seguro que está loco. ¿Qué va a hacer ahora?’. Ese tipo de cosas. La gente era amigable, las bandas eran un poco más amigables, pero creo que siempre éramos una especie de despreciados. No éramos tan buenos. Había un montón de grandes músicos por ahí que no estaban haciendo nada porque no tienen nada original. Su otra opción era romperse las pelotas para seguir adelante. Pero realmente aprendimos a tocar”[5].

Sin embargo, a los Stooges no les bastaba. Su caso es el paradigma de las ambiciones por transcender que tenían las bandas de aquellos tiempos, la necesidad inherente de no dejar que los sueños mueran al despertarse por la mañana, sino de congelarlos y metabolizarlos en un caudal de motivación. A esto hay que sumar que la panorámica de su mirada era inusual para una banda a la que se intentaba tildar como garage-rock. Las vías focales de su mente habían agitado una paleta de ideas tan vasta como para tener que abrirles la puerta de la jaula, y hacer que se colasen dentro de su mismo genoma.

Ron Asheton: “Sólo queríamos experimentar. Solíamos escuchar Harry Partch, un montón de Ravi Shankar. A Shankar lo teníamos en mente todo el día. También nos gustaba escuchar a los Mothers Of Invention, ¡De modo que había un poco de comedia en todo eso! También admiraba a Frank Zappa, un guitarrista muy infravalorado”.

“Me interesaba cualquier tipo de música extraña. Cualquier tipo de cosa electrónica. Además, me encantaban los monjes tibetanos que tocan esos grandes cuernos. Los grandes gongs, tambores y los cuernos haciendo RRRRRRRRRRRRRR. Y los cantos gregorianos. Iggy tenía un disco de eso, y le encantaba. ‘OK, vamos a ver, tomamos a Harry Partch, la música budista, los cantos gregorianos, y tratamos de tirar un poco hacia los Stones y los Beatles, a ver qué pasa’. Y a continuación, añadimos nuestra locura y nuestra propia inexperiencia. Cuando no sabes qué tocar, no estás limitado por un estilo. Así que a muchas personas se les ENSEÑA a tocar de una manera determinada. Cuando tienes la mente libre, la ignorancia es felicidad, y puedes llegar a algunas cosas realmente interesantes”[6].

Estos eran los Stooges de 1970. Ni más ni menos. Corría un estado de efervescencia atómica que no se podía taponar. Todo lo contrario. La única opción que les quedaba era canalizarla en un lenguaje propio. Para este fin, la entrada de Don Galluci a escena resultó tan curiosa como transcendental.

Ron Asheton: “Recuerdo aquel espectáculo llamado… fue un show de Dick Clark, se llamaba… Oh, mierda, se me ha olvidado el nombre, no era Swinging Time, pero sí ‘Little Donnie Gallucci’ de Don & the Goodtimes. Fue en ese programa de Dick Clark de cada tarde a las cuatro. Ellos tenían a todas las grandes bandas, pero era más de un estilo surfista basado en esa cosa de California, pero también traían a bandas inglesas y otras más potentes. Él pertenecía a la banda de la casa, por lo que iba a hacer un par de canciones cada tarde. Luego pasó a ser un productor, y fue realmente genial. Ellos lo cogieron […]. Tras vernos tocar, luego le conocimos. Yo sabía que él iba a estar allí. Fue cuando nos dijeron: ‘Él va a ser vuestro productor’. Y nos pusimos en plan, ‘¿eh? ¿Don Gallucci? ¿Por qué me suena familiar? ¡Sí, es Little Donnie!’. Y chico, no lo llames Little Donnie, porque él odia eso”.

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“Era un tipo bajito, que estaba siempre impecablemente vestido con un traje muy bonito. Y yo iba en plan: ‘¿Cómo un tipo como éste, vestido con este traje realmente bonito, va a relacionarse con los Stooges?’. Pero él hizo un excelente trabajo. Quería capturar el show. Creo que él sólo cambió el orden del set; cambió dos canciones, que ni siquiera puedo recordar. Lo que es aún más sorprendente es cuando nos reunimos con él y con el ingeniero, Ross Meyer -era bastante tranquilo, probablemente de unos 50 años en aquel momento-, y pensé: ‘Oh, muchacho, estamos en problemas’. Little hizo que supiéramos que teníamos a gente muy competente en la sala de control. Finalmente empezó a hablar un poco: ‘Sí, todo está bien. Es un gran cambio desde Barbra Streisand. Eh?’. Él acababa de hacer hacer el disco de Barbra Streisand. De Barbra Streisand a los Stooges… Quééé?”.

“Resultó que hicieron un trabajo fantástico. Y nos lo pasamos muy bien. Acabábamos de llegar de la carretera. Tuvimos una semana para poner nuestra casa en orden antes de poder ir a Los Ángeles por un mes. Así que estábamos listos para ir, y es por eso que el disco era tan regular y bueno como lo era. Hicimos tomas mínimas. No creo que hiciéramos más de cinco tomas, o cuatro tomas, y un montón de veces cogimos la  primera o la segunda. Nos fue muy bien”[7].

La historia de esta decisión de coger a Gallucci como productor fue, cuanto menos, totalmente alejada de lo que vino después. Así, Elektra lo habían escogido para encauzar a los Stooges, desviar su atención hacia los nuevos brotes de simplificación de los cánones rock. Lo que no se podían esperar es que la grabación diera con algo mucho más visionario, menos rock.

 


[1] Nunca podremos olvidar que entre sus surcos ahí se encuentran incunables del proto-punk como ‘Real Cool Time’, ‘1969’; y sobre todo, ‘I Wanna Be Your Dog’.

[2] Cameron, Keith: “Memorias de Detroit: Iggy Pop vs. The White Stripes, Rockdelux.

[3] Shimamoto, Ken: “Calling From The Fun House: Stooges guitarist Ron Asheton”, I-94 Bar. (Traducción del autor.)

 

[4] Young, Harry: “The Stooges on Elektra, 1969-70”. (Traducción del autor.)

[5] Gross, Jason: “Ron Asheton- Stooges Interview”, Perfect Sound Forever. (Traducción del autor.)

[6] Ibídem. (Traducción del autor.)

[7] Shimamoto, Ken: “Calling From The Fun House: Stooges guitarist Ron Asheton”, I-94 Bar. (Traducción del autor.)

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