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Publicado en octubre 13th, 2017 | por Marcos Gendre

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Los valores de un MVP (II)

Si en la anterior entrega nos hacíamos eco de la, más que discutible, designación de Russell Westbrook como MVP de la pasada temporada, hoy toca enfocar hacia tierras europeas y, más en concreto, en los dos MVP ganados por un tal Segio Llul: tanto en liga ACB como en Euroliga. Respecto a este último galardón, servidor se pregunta cuál ha sido el barómetro con el que han medido los méritos de un señor que tira, y falla, más que nadie. Un simple apunte: a mediados de la liga regular de la Euroliga su porcentaje en triples era menor al 30%. Y estamos hablando de un base que tira una media de 8 triples por partido. En tiros de campo la cosa no es mucho mejor, promediando un 51%. Y eso contando que la mitad de sus tiros son entrando a canasta, su gran especialidad. Si contamos el 80% que promedia en esta faceta del juego, su porcentaje de dos cuando no entra a canasta apenas supera el 20%. Por supuesto, estos hechos pasan más desapercibidos cuando entra uno de sus clásicos triples desde el medio del campo o enchufa una de sus típicas mandarinas desde 9 o 10 metros. Por supuesto, la vida es más fácil cuando al rebote ofensivo se encuentran un tal Felipe Reyes, Othello Hunter, Anthony Randolph o el señor Ayón. Incluso, especialistas en rebotes largos como su inseparable Rudy Fernández, Luka Doncic, o Jeffery Taylor. Pues sí, el Madrid de la temporada 2016-17 no contaba con el Chacho Rodríguez, pero sí con un Llul que, conforme pasaba la temporada, iba aumentando su número de minutos en cancha en detrimento de Doncic, el jugador con el que el equipo blanco vivió sus mejores momentos de juego.

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Atención a la cara de satisfacción de Laso viendo jugar a Doncic.

 Pero en el endiosamiento de la figura de Llul entran más factores. Por ejemplo, comentaristas como David Carnicero y Nicola Lonçar. Y es que no hay más que comparar la suma desproporcionada de elogios recibidos por el susodicho y la falta absoluta de objetividad cuando se le da por fallar tres o cuatro triples seguidos en momentos clave, o no, del partido. Y esta última ha sido una circunstancia ques se ha repetido en muuuuuchas ocasiones a lo largo de este último año. Por supuesto, si el culpable es Doncic, Carroll o el pobre de Maciulis, les caen palos por todos los lados. Por supuesto, ninguna de las derrotas sufridas por el Madrid este año ha sido por culpa de Llul… Y más cuando cae en la trampa que Obradovic le tendió en la semifinal de la Final Four 2017 jugada entre el equipo blanco y el Fenherbaçe. Que Llul no encontrara líneas de pase para sus compañeros fue la excusa ideal que se le ocurrió para decidir hacer la guerra por su cuenta y llegar ahogado a los minutos decisivos del choque. De aquella, Udoh ya era Godzilla y Kalinic un Golem. No hay más que recordar la cara contenida de sorna de Obradovic cuando recordaba los 28 puntos que Llul había conseguido. El plan le había salido bien, tanto que Doncic y Ayon acabaron asumiendo la derrota del equipo madrileño…

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Papaloukas, ejemplo de un verdadero líder.

 Dicho todo esto, tampoco voy a negar las virtudes de un jugador con la potencia y velocidad de Llul. Tampoco sus chispazos de genialidad ni sus ansias de victoria, aunque éste suele ser un hecho que suele derivar en su ceguera habitual en los momentos en los que se juegan las habichuelas. Llul es un escolta –no un base, por favor- muy complicado de defender y con una gran habilidad para el rectificado en el último instante, además de contar con una técnica fabulosa en el uno contra uno, sustentada en su velocidad punta. Se trata de un jugador con grandes facultades, como la gran intensidad defensiva que aporta en todo momento. Sin embargo, carece de las propiedades necesarias que un líder de verdad necesita. Declaraciones tan vergonzosas como las que tuvo en la derrota del Madrid en la liga ACB contra el Valencia o su nula aceptación de su rol secundario en la selección española son ejemplos de un sujeto que ni sabe ni quiere hacer piña con su equipo. Ataques solapados a sus compañeros y esa actitud suya de “no hay nadie más importante que yo” lo convierten en el extremo más alejado de grandes líderes como Diamantidis, Papaloukas o Spanoulis, jugadores capaces de, según cómo esté el partido, sacrificarse en pos del resto. A este respecto, expongo una cuestión muy representativa: ¿en cuántos partidos los tres citados han metido menos de 10 puntos y, sin embargo, han sido los artífices de la victoria de su equipo? Tropecientos. ¿Y en cuantos Llul? Respuesta fácil: ninguno. Porque en este último caso, seguramente la razón ha sido unos porcentajes de tiro ridículos, no que haya tirado menos…

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Kalinic, la rabia del ¿secundario?

 El jugador que necesita hacer demostraciones de puntos o de canastas en el último momento no es más que el reflejo de un ego que se come al resto de una plantilla que trabaja para él. Son casos que reproducen la miopía con la que el baloncesto es enfocado desde varios frentes hoy en día. Porque al igual que el mundo del fútbol sí que se aplaude las contribuciones de defensas, medios centros y demás obreros a las órdenes del ejecutor final en el área pequeña, en el baloncesto europeo cada vez están más solapados esos jugadores que, al igual que Brad Oleson en sus buenos tiempos o el gran Kalinic, siempre están supeditados a hacer labores más oscuras y menos estéticas para la mirada del aficionado o el periodista tuerto que sólo tiene ojos para el que siempre finaliza la jugada. Y antes del último tiro de cada jugada pasan muchas cosas. Pero eso ya nos da para otra futura incursión por estos meandros.

 

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