"El hábitat natural para tu mente enferma"


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Publicado en septiembre 25th, 2016 | por Carmen Viñolo

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¡Muere, maldito héroe!

Los héroes son fenomenales. Una fuerza de la naturaleza. Capaces de traspasar su poderío al público y hacerlos sentir extraordinarios. Ésa es la norma. Ahora bien, a veces en el cine les sale el tiro por la culata. Pues, de vez en cuando, los héroes caen gordos. Y, claro, como es el protagonista de la peli, hay que cargar con él hasta el final. En cada secuencia, en cada escena que pasa nos cae peor, lo detestamos más, nos crispa los nervios. ¿No has tenido en algún momento la sensación de que el héroe, el prota, la estrella mereciese una muerte lenta y dolorosa, humillante? ¿Acaso no lo has deseado? Yo sí.

Recuerdo tres. Dos nacionales y una americana.

Primer asalto

Empecemos por la película estadounidense que no es, como algunos piensan, una peli de acción, sino una comedia: Con Air (1997) de Simon West. Empieza así: durante una pelea, Cameron Poe, un militar miembro de los Rangers, mata a un tipo que ha importunado a su joven esposa. El ranger es Nicolas Cage, que para la ocasión se ha dejado melenas. Su esposa, Tricia Poe (Monica Potter) es una Barbie de pura cepa: rubia platino, pelo liso, cuerpo modélico e inocencia angelical.

Poe es condenado y pasa ocho años en la cárcel hasta que lo sueltan, con tan mala pata de ir a parar a un avión lleno de convictos sucios y peligrosos. Su mujercita lo ha estado esperando durante todos estos años. Y ¡sorpresa! tiene el mismo aspecto que cuando fue atacada por el malote al que mató su marido. Incluso parece aún más joven, aparentando a lo sumo veinte años. Lo que lleva a pensar: ¿Con cuántos años se casó esta tía con el fulano del ranger? ¿Con trece? ¿Con doce? No, con once, no. ¡Eso sería demasié!

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¡Qué asco le tengo a este tío, oye!

En cuanto a Poe como héroe, en Con Air exprimieron el prototipo hasta convertirlo en ridículo. Nada más empezar, los convictos se amotinan y secuestran el avión. Desde entonces, el ranger hace lo posible por sabotear la misión de los presidiarios y ayudar a la policía. Además, se la juega constantemente por todo cristo: por su amigo del alma, un preso negro diabético, por la mujer policía de origen latino, hasta por el conejito de peluche que va a regalarle a su hija. Es tan honesto, tan justiciero, tan artificial que da nauseas. Y mira que los reclusos del avión son la crème de la crème de la barbarie y la perfidia humana, pero más de una acabó la película rezando por que consiguieran aniquilar por fin al maldito Cameron Poe.

 Segundo asalto

Mar adentro, ganadora de un Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 2005, no sólo es un dramón insoportable de los que consumen tonta y arbitrariamente la vida de los espectadores, sino que encima tiene a uno de los protagonistas más odiosos de la historia del cine. La película está basada en un hecho real, el de Ramón Sampedro quien, siendo joven, sufrió un accidente que lo dejó tetrapléjico de por vida. En un primer momento, cualquiera pensaría que un personaje así debe inspirar compasión. Pues bien, el telefilme, digo, el filme, no lo consigue. Es más, nos conduce al extremo opuesto. Si alguien está postrado en una cama durante décadas, seguro que acaba pensando mucho y se vuelve alguien muy sabio o muy loco, pero el Ramón Sampedro (Javier Bardem) de Mar adentro emana tal prepotencia, tal suficiencia; se sitúa tan por encima de todos los seres que lo rodean, de todo los seres vivos que habitan este mundo y el del más allá. A mí que me registren, pero esto es pasarse de la raya. La insondable arrogancia de este personaje transcurre en sesión continua a lo largo de toda la película. ¡Es tan irritante! Hasta el punto de querer practicarle la eutanasia una misma, pero no suavemente, sino a lo bruto. Estrangulándolo con las propias manos.

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¿Has visto cómo mira el prepotente? ¡Al fuego!

 KO

Alrededor del año 2000 el cine español sufrió la fiebre de la guerra civil española. Por doquier se estrenaban filmes que se sumergían en tan funesto periodo de nuestra historia reciente. Muchos de ellos hicieron más daño que justicia. Es el caso de El lápiz del carpintero (2002) de Antón Reixa, basada en la novela homónima del escritor gallego Manuel Rivas. Si bien el largometraje clavaba las escenas de los paseos nocturnos, tan crueles como reales, parce que se apoyó demasiado en la novela, mostrándonos escenas que, queriendo ser poéticas, rayaban la cursilería -véase la historia de las hermanas Vida y Muerte y el viaje imaginario al restaurante de lujo-.

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Daniel Da Barca metiendo en problemas a sus camaradas.

Ahora, lo más insufrible es su personaje protagonista: Daniel Da Barca (Tristán Ulloa), un médico socialista, un sabelotodo, un intelectual pedante. Anda siempre con sus moralinas y moralejas, con sus consejos para mantenerse sano y librarse de enfermedades, con sus relatos patéticos. Con su sonrisa y su optimismo. ¡Si sólo fuera eso! Da Barca es un hombre con una suerte extraordinaria. El tío salva la vida en varios fusilamientos. ¿Cuántas probabilidades hay de que eso suceda? Mientras tanto, a su alrededor van cayendo las víctimas una a una, en alguna ocasión debido a sus acciones o propuestas. Pero a él no le llega la hora ni a la de tres. ¡¿Por qué?! ¡¡¿Por qué tanta injusticia?!!

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