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Asperger mo farah

Publicado en octubre 1st, 2016 | por Marcos Gendre

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Río 2016. La superabuela y el espíritu olímpico

Si hay un deporte que siempre define la esencia de lo que significan unos Juegos Olímpicos, ése es el atletismo. Eso y lo que son los valores olímpicos, que de eso hubo, sobre todo, dos momentos para el recuerdo. No todo iban a ser episodios tan lamentables como el de la final de pértiga masculina. A un nivel más aspergeriano, no está de más recordar a Van Niekerk y su increíble record del mundo en los 400 metros, pero más aún a “la señora Botha”. Su entrenadora, una bisabuela de 75 años. Sí, sí ¡la viva estampa de la súper abuela! Que, ojito, la señora entrena con libreta y boli. No le da tiempo a adivinar las decimas de segundo. Pero hasta con reloj de arena, el velocípedo surafricano sabía cómo batir a los favoritos. Pobres Kirani James y Lashawn Merritt. Qué caras de estupefacción.

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La súper abuela y su pupilo.

Pero para derrotado, el de siempre, cómo no, Justin “gatillazo” Gatlin. Porque lo de este bocachancla ya no tiene nombre. Hombre, el personaje es valiente. Aunque cabrear al Sr. Bolt, haciéndole de menos, a dos semanas de los Juegos no me parece la mejor de las tácticas. Ya se vio: no llegó ni a la final de 200. Un P-E-R-D-E-D-O-R. Con todas las de la ley. Todo lo contrario que esos actos de espíritu olímpico como en las pruebas del 5.000 femenino. La situación se dio cuando, a mitad de carrera, la neozelandesa Nikki Hamblin cayó al suelo, haciendo tropezar a la norteamericana Abbey D’Agostino. La peor parte de las dos se la llevó esta última, que, tirada en el suelo, se había lesionado. Ni se podía levantar. Sin embargo, en vez de proseguir la marcha, la fondista neozelandesa se quedó con la americana hasta que consiguió levantarla de la pista. Llegaron las últimas. Pero su abrazo tras acabar la carrera tiene más peso que cualquier medalla olímpica. Otro caso de deportividad –ayyyyyy, cuánto tendrían que aprender en otros deportes que yo me sé…- fue en la final del 10.000 masculino, la carrera de Mo Farah. Y por aquí van los tiros, porque lo le ocurrió al Sr. Farah fue de esos detalles que te destrozan la carrera. Y más cuando eres el perjudicado de un embotellamiento masivo de corredores en la curva. Pero ahora retrocedamos un poco y pongámonos en situación. La final iba según el guión anunciado. Se trataba de una de esas finales tácticas, de esas que a Farah le permiten emular al gran Marino Lejarreta. O sea, ponerse de último, y que tire el resto. Él ya comenzará al remontar poco a poco. Pero primero, hay que acabarse el desayuno. La cuestión es que esta vez casi le sale rana la jugada, porque cuando comenzó a pasar uno por uno, se encontró con una carrera ya lanzada, pero con un plus masivo de fondistas corriendo en la cuerda de la pista. Como el americano Gallen Rupp, que en pleno trote alado de Farah, se lo comió. Literalmente. La gacela africana fue atropellada por Rupp, que se encontró a Farah por sorpresa en el hueco que él dominaba. El choque fue fortuito, pero Farah salio a rolos. Parecía imposible que se recobrara de la caída y pudiera reincorporarse con la suficiente gasolina para retomar el pulso a la carrera. Sin embargo, el que fue su verdugo involuntario se quedó esperando a que Farah se reincorporase. Haciendo esto, Rupp sabía que estaba perdiendo cualquier tipo de opción a alcanzar la medalla bronce, a la que era uno de los favoritos. Más aún, Rupp tomo el papel de liebre para tirar de Farah hasta los puestos de cabeza. A cada momento, Rupp miraba por el retrovisor, hasta que Farah le dio un OK con el dedo. Rupp se había sacrificado, y Farah logró la mayor de sus hazañas: ganar una final para la que había realizado un sobreesfuerzo que a cualquier otro le habría finiquitado cualquier posibilidad. Y lo mejor de todo, Rupp más feliz que el propio Farah, que gracias a su amigo americano –literalmente; los dos son inseparables en la vida real-, labró en la memoria de la gente una hazaña sencillamente irrepetible. Bueno, a no ser que la haga él otra vez y se encuentre con otro samaritano como el bueno de Rupp. Y aprovechando este gesto revelador de que eso del espíritu olímpico debe ser algo tangible, me despido. Mejor forma que ésta, no se me ocurre.

 

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