"El hábitat natural para tu mente enferma"


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Publicado en julio 25th, 2014 | por Rubén Sánchez

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Supersonic Man. Superman castizo.

Supersonic_Man-857633414-largeLa copia descarada siempre ha estado muy presente en el mundo del cine. Hoy en día podemos seguir “disfrutándolas” gracias a la infame compañía The Asylum y sus bazofias fílmicas lanzadas para engañar a algún incauto ¿Qué en las salas de medio mundo se estrena Pacific Rim de Guillermo del Toro? Pues allá van ellos y, ni cortos ni perezosos, lanzan al mercado Atlantic Rim (nótese el sutil cambio en el título). Entre los que pican como merluzos y los que la alquilan porque sí, porque quieren ver serie Z, pues la producción se amortiza en tiempo récord. Pero, como decía, esto no es exclusivo de esta época, ni siquiera de los Estados Unidos. Otro día podríamos hablar del turksploitation, pero hoy no nos vamos a mover de nuestros límites territoriales y vamos a echar la vista atrás a 1979, cuando la película de Richard Donner Superman (Superman, 1978) ya había arrasado las taquillas de medio mundo.

Como era de esperar, a algún avispado productor se le dibujo el signo del dólar en los ojos pensando en una nueva película con algún superhéroe que aprovechase. Por el camino del avispado de turno se cruzó el director español Juan Piquer Simón, que venía de rodar Viaje Al Centro De La Tierra con notable éxito. Juan Piquer aceptó la oferta, no así el primer nombre que se le había asignado al nuevo justiciero: Capitán Electric. Con buen criterio debió de asimilar que aquello era más propio de un anuncio de batidoras, así que una maniobra harto inteligente decidió cambiarle el nombre por el de Flash Man, cuyo parecido con el de otro personaje era mera coincidencia (guiño, guiño). Los malpensados de la productora de Dino de Laurentiis no lo vieron así, y pusieron el grito en el cielo exigiendo el cambio de nombre, por miedo a que se confundiese con su futura producción: Flash Gordon. Definitivamente el personaje quedaría bautizado como Supersonic Man, pero aun así no se trataba de su nombre real, sino que realmente se llamaba Kronos. Por el motivo que fuese, al llegar a la Tierra (porque éste no es del terruño, sino de otro pedrusco alejado tropecientos mil millones de años luz de la Tierra, por lo menos) el fulano se cambia el nombre, porque sí, a lo Prince. La cuestión es que la producción ya tenía un atractivo nombre para lucir en las carteleras desde Lugo a Murcia: Supersonic Man.

Juan Piquer Simón estaba entusiasmado con la posibilidad de realizar una película con un número importante de efectos especiales, y a fe que trabajó duramente en ellos durante jornadas de hasta 12 horas diarias durante más de nueve meses. A la vista del resultado final, podemos decir rotundamente aquello de: Juan Piquer Simón, si es que para esto no hacía falta tanto esfuerzo hombre, un par de horas y solucionado.

Vamos a ver, tenemos un extraterreste antropomorfo que a imagen y semejanza de Superman es literalmente invencible, y pese a eso el muy abusón se enfrentará a villanos humanos. Es decir, es como si en un partido de baloncesto jugase el Dream Team de Barcelona contra un combinado de los pitufos. Es tontería, ya se sabe quién va a ganar, pues en esta película lo mismo. Pese a eso, el muy cobarde mantiene una doble vida, por el día tiene la apariencia de un actor porno de principios de los 80, mostacho incluido, pero cuando el peligro acecha se quita el bigote, se pone una máscara, una capa, un pijama… y se cambia al actor. Sí, lo interpretan dos actores distintos, y el que hace de Supersonic Man había de ser malo con avaricia, porque aparte de extender los brazos para hacer que vuela, poco más hace durante la película. Ni tan siquiera hablar, que tiene la extraordinaria habilidad de comunicarse sin mover la boca, algo que contra los villanos no parece demasiado útil, pero para sustituir a José Luis Moreno es lo más.

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La furgoneta infinita…

Pero vamos con la película en sí. Tras un impactante inicio en el que vemos a Kronos/Supersonic Man reposando en tanga, éste es despertado para asignarle la tarea de defender la Tierra. Aquí, en nuestro planeta, vemos a una organización de esas de malos, asaltando un recinto militar y cargándose a todos los guardias que le salen al paso tal y como mandan los cánones de estas películas: mueren antes de que les impacte el láser. Destacar que los malos llegan en una furgoneta de la que he llegado a contar que salen ¡18 personas!, eso sólo en la caja, porque luego en la cabina hay al menos otros dos. Pero ojo, 18 personas y un “hojalatrón”, un mostrenco de robot que ocupa casi todo el ancho de la caja, y aún por encima secuestran a un científico y roban un voluminoso aparato y sí, lo guardan con las 18 personas y el robot.

Como era de esperar, el secuestro y robo no es para nada bueno, así que Supersonic Man se quita el bigote y diciendo aquello de “que la fuerza de las galaxias sea conmigo…” (a medio camino entre el poder de Grayskull y la fuerza de los Jedi) se lanza en pos del villano, o más bien se deja caer desde un rascacielos, porque lo del despegue todavía no lo tiene muy dominado y tiene que realizar un ortopédico salto para comenzar el vuelo. Todo ello aderezado con una música discotequera que merecerá un capítulo aparte en este artículo. Tras esto aparece la hija del científico secuestrado, quien inmediatamente se verá perseguida por un coche de los malos, tras una frenética secuencia automovilística, en la que Supersonic Man aparece para levantar una apisonadora que bloquea el camino (perdón, la maqueta de una apisonadora), los malos caen por un terraplén y su coche estalla. Por lo visto, su modelo es defectuoso, y al superar los 45 grados de inclinación explota, es la única explicación posible ya que en ningún momento ni tan siquiera roza obstáculo alguno. Supersonic Man ya ha realizado su primera heroicidad del día, y tras adquirir de nuevo su forma bigotuda aprovechar para arrimar cebolleta con la chica, haciendo gala de unas dotes para el ligoteo dignas de Torrente.

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Kitt, te necesito…

Mientras tanto, a la base de los malvados llega un helicóptero de los playmobil (juajuajua, ojo a la maqueta), con la carga necesaria para llevar a cabo el plan de los malos: conquistar la Tierra y lo que se ponga por delante. La siguiente escena es una pelea en el bar, en la que descubrimos que el bigote actúa como la kriptonita para el protagonista, ya que lo derrotan de dos guantazos. Es secuestrado y se lo llevan en una furgoneta conducida por un tartamudo Quique Camoiras, demostrando de nuevo que en estas películas te ríes cuando pretenden ser serios, y te pones serio cuando pretenden ser graciosas. Supersonic Man tarda en liberarse lo mismo que en decir la chorrada esa de las galaxias. Aprovecha que está libre para volver a salvar a la hija del científico, que otra vez estaba siendo secuestrada, y para enseñarnos su maravilloso poder con el que derrota enemigos dando simples aspavientos y convirtiendo las pistolas en ¡plátanos! Los malos, mal encarados ellos, en lugar de agradecer el gesto salen por piernas.

A la tercera va la vencida, y al fin los malos logran detener a Supersonic Man, o mejor dicho a su forma bigotera, ya que el muy imbécil se dedica a investigar en su forma vulnerable. Rápidamente lo envuelven en un saco y lo tiran al fondo del mar ¿En un saco? Más bien en una carpa de circo, porque en un audaz primer plano del interior vemos cómo el bigotes tiene espacio hasta para hacer unos largos. Lo siguiente roza ya lo indescriptible, en primer lugar no sabemos para qué necesita desatarse primero las manos, cuando lo que quiere es quitarse el esparadrapo de la boca y eso puede hacerlo con facilidad al estar sólo atado por las muñecas. En segundo lugar, alguien tendría que explicarnos para qué quitarse el esparadrapo si está debajo del agua y como mucho va a poder decir glugluglu. Todavía más perplejos nos quedamos cuando vemos que vuelve a hacer de ventrílocuo y habla, no sabemos si con la mente o con el sobaco. Total, que ya es de nuevo Supersonic Man, así que a los malos les toca otra ración de tollinas.

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Y no le ha costado nada levantarlo, oiga.

Hartos ya de esta situación, los malos deciden cambiar de estrategia y tratan de chantajear a la hija del científico amenazando con hacerle pupa a su padre. Supersonic Man no se queda quieto y finalmente cree que ha llegado la hora de hacer valer lo de ser invencible, así que se encamina hacia la base de los malos. Que sí, que le tienen preparadas infinidad de trampas, pero como no quiero ser soez no voy a decir que se las pasa con la punta del ciruelo, sino que diré que las supera sin dificultad. Finalmente Supersonic Man rescata al científico (ganando puntos así con su hija con el fin de llevársela al catre) y el malo escapa en una especie de cohete espacial, provisto de armas láser. Los disparos de dichas armas las para Supersonic Man con la cara, literalmente, así que sólo le queda hacer explotar el cohete… pasando por su interior. Es decir, el tío se hace inmaterial, se pega un garbeo en línea recta por el interior del cohete y este explota. Así, a lo loco. Fin de la historia, los buenos son felices y los malos son tan asquerosamente malos que amenazan con una segunda parte de este engendro.

Hasta aquí llega este despropósito castizo, en el que todo desprende un aroma a barato que hará las delicias de quienes busquen reírse un buen rato con alguna película trash. Destacar que el villano principal lo interpretaba un secundario de garantías como era Cameron Mitchell, que llegó a estar a las órdenes del mismísimo John Ford. También, para ser justos con la verdad, aunque inicialmente hemos vilipendiado los efectos especiales, lo cierto es que varios de ellos tienen un mérito enorme por la escasez de medios. Así, el cohete del villano, o la nave en la que llega Supersonic Man, están muy logradas, teniendo en cuenta los factores antes comentados.

A modo de traca final, quiero retomar la banda sonora. Un taladro para cualquier cerebro sano y  que aquí os dejo para vuestras sesiones personal de masoquismo:

 

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