"El hábitat natural para tu mente enferma"


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Publicado en junio 19th, 2015 | por Carmen Viñolo

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The Past: el mismo instante

La memoria es frágil,

la basura dura para siempre“.

Constanza Macras/Dorkypark

 

Del mismo modo que un escalofrío te recorre la espina dorsal, cuando observas aquel lugar que solía habitar un ser que ahora ya no está, una sensación similar te atraviesa al presenciar The Past de Constanza Macras, DorkyPark y Oscar Bianchi. ¿Qué pasa con un recuerdo anclado a un lugar que ya no existe? ¿Se convierte acaso en un fantasma que vaga sin rumbo fijo, que cae por un precipicio sin fondo?

The Past explora, mediante acciones, el arte de la memoria -ars memoriae-, esa técnica que surgió como modo de aprendizaje y de supervivencia, y luego como relato de la cotidianidad y del arte. Una tradición que formó parte del ser humano desde sus inicios hasta la irrupción de su asesino, la imprenta. Y que a día de hoy está dando sus últimos coletazos en tiempos en los que las actualizaciones lo devoran todo.

La teoría, la ciencia, la lengua se pasan el relevo en esta pieza de danza y música que se pregunta qué es la memoria, cómo se produce y, sobre todo, dónde. No resulta extraño que, nada más empezar el espectáculo, uno de los narradores resbale una y otra vez al tratar de explicar los entresijos de la mnemotécnica.

1416850479_k1600_the_past3_1186Entre el hervidero que se agita por el escenario nos tropezamos con testigos oculares capaces de recordar ciudades que ya no existen; como las siamesas, dos gotas de agua, pero con recuerdos diametralmente opuestos de idénticos sucesos. También con imágenes corpóreas inesperadas, que nos sacuden. Los bailarines más que bailar, vuelan, impulsados por unos saltos que, cual instantáneas, logran detener el tiempo en el aire. La danza, esa expresión del arte que enlaza lo físico con lo sublime, el cuerpo con la idea.

Y, de repente, el duende. Un pequeño ser enfundado en una lámpara antigua de tela, de esas con flecos, atraviesa el escenario con paso imperceptible, casi deslizándose. Ese ser, ese objeto viviente es un pedazo de memoria, que a la vez se despliega en otro.

El marco, Berlín. Una ciudad derruida, exterminada; azotada durante el siglo XX por dos guerras mundiales y partida en canal por dos ideologías enemigas. Macras se sitúa en el epicentro y consigue salvar distancias: un hombre trajeado a la moda de entreguerras, el otro, con un chándal. Ambos bailan sin apenas tocarse, retorciéndose, saltando uno sobre el otro, hasta que sus pies se entrelazan. Los años treinta y los ochenta se sitúan en una misma dimensión, en un mismo plano, en el mismo instante. El espectador se vuelve de inmediato filósofo, al no poder dejar de preguntarse.

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Fotografías de Thomas Aurin, 2014

 

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