"El hábitat natural para tu mente enferma"


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Publicado en septiembre 18th, 2014 | por Marcos Gendre

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The Wanderers: las pandillas del Bronx (Roja & Negra, 2013) de Richard Price

The Wanderers foto 1Autor de obras tan fundamentales como Clockers (1992) y La Vida Fácil (2008), Richard Price se erige como uno de los grandes documentadores del mundo de las calles. En este sentido, resulta ejemplar su función como guionista de The Wire; sobre todo en la tercera temporada, para la que incluso recuperaba diálogos de Clockers. Antes de llegar al status en el que se encuentra, Price ya había mostrado su ojo clínico para con los bajos fondos. Ahí reluce sobremanera su guión para El Color Del Dinero (1986) de Martin Scorsesse y The Wanderers (1974), su bautizo de fuego en novela. Respecto a esta última, nos encontramos ante un relato descarnado, a través del que Price nos muestra un primerísimo primer plano de las pandillas del Bronx; de los jóvenes, casi adultos, que las conformaban. Seres confundidos por familias terriblemente arquetípicas, insolentes iniciaciones al sexo, el racismo inculcado y un sistema educativo diseñado para apartar, y señalar, estos grupos de jóvenes, con el fin de cerrarles las puertas al mundo real. The Wanderers estremece por la sinceridad de las emociones descritas. La versión cruda de West Side Story (1961). La conexión más certera con Crimen En Las Calles (1956) de Don Siegel. La historia de Buddy Borsalino, Richie Gennaro o Joey Capra te lleva hacia el epicentro, primero, de sus guerras de pandillas y, más importante, hacia el mismo florecimiento de sus emociones ante el violento mundo que les rodea: el odio, la amistad, la vanidad, los maltratos familiares, el primer amor. Price enfoca estos momentos trascendentales con una prosa clara, como si pudieras escuchar a medio metro a sus personajes, más reales que la vida misma.

 “Los domingos eran siempre un rollo. Hacía frío y viento. Los pocos árboles que había en Big Playground estaban sin hojas. Buddy no había terminado la reseña de estudios sociales que tenía que entregar el lunes. No se podía concentrar en nada que no fuera Despie. Cruzó las canchas de baloncesto y salió por el agujero de la verja a la calle. Hurgándose en los bolsillos en busca de una moneda, fue a la tienda de caramelos Pioneer y se sentó en una cabina de teléfono. Detestaba la sensación de pánico que le encogía el estómago. No tenía nada que decir, pero tenía que hablar con ella.

El número estaba ocupado.

Nadie contestó.

Número equivocado.

Nadie contestó.

Nadie contestó.

Buddy se marchó de la tienda de caramelos, con la ropa empapada de sudor por los nervios. No quedaba nadie en el parque. Subió a casa y trato de llamar a Despie. Seguía sin responder”.

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Escena de la película realizada sobre The Wanderers en 1979.

Escrita con la virulencia del que necesita expresar un torbellino de descubrimientos vitales, que su mismo autor había vivido – no olvidemos que Price escribió esta novela con tan sólo 24 años y se había criado en las mismas calles de las que habla esta novela -. The Wanderers empieza como un fiel retrato del mundo de las calles en los años ’60, para acabar transformándose en un brutal retrato de la fase del mundo adolescente al adulto; uno habitado por padres que sólo se preocupan del número de veces que su hijo a follado o de ver a su propio hijo, y la pandilla que lo acompaña, como la excusa perfecta para acrecentar su desmedida vanidad.

“-¡Te dije que quitaras ese trasto de ahí!

Joey se quedó mirando a su padre, ex Míster Nueva York, con sus tatuajes de anclas, su espeso bigote a lo italiano antiguo, su nariz ganchuda, los ojos encendidos por el alcohol y el odio por el alfeñique de su hijo. Joey respiró hondo y emprendió el largo camino, por delante de Emilio, hacia su habitación.

-¿Adónde vas? –preguntó Emilio.

-Voy a recoger la bici –balbució Joey.

-¿Qué? –Emilio se puso una mano en la oreja, como para oír mejor, y entornó los ojos, amenazadoramente cerca de Joey-. ¡Habla como un hombre!

Joey no sabía si era mejor no hacer nada o cubrirse la cara ante un posible ataque. Si levantaba las manos, se buscaría problemas. Si no oponía resistencia, su padre podría derribarlo en un segundo, pero, hiciera lo que hiciera, no podía pasar por el lado de su padre sin responder; eso sería un suicidio”.

Quizá se note en algún momento que estamos ante una primera novela – reiteraciones sobre ideas, un lenguaje, por momentos, algo impostadamente malsonante -, pero eso no hace sino añadir más fuerza a un relato escrito sin filtros, mostrado en bruto. Para ir puliendo la fórmula ya estarán sus siguientes trabajos; con The Wanderers tocaba vomitar toda una adolescencia entre litros de tinta tan humana como crispada. Y vaya si lo consiguió.

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