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Publicado en enero 21st, 2015 | por Rubén Sánchez

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Trilogía de hostias para El Hobbit (II): Para desolación la mía

Portada 2Se dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Mi caso es un ejemplo de que el dicho es real, sólo que en mi descargo diré que cuando fui a ver la segunda parte de El Hobbit lo hice sin pagar gracias a una promoción. Eso alivió mi cartera, pero no la sensación de que la tomadura de pelo no sólo continuaba, sino que se magnificaba y terminaba por perder totalmente el norte.

El Hobbit: La Desolación de Smaug (The Hobbit: The Desolation of Smaug, 2013) casi consigue tener su gran acierto en su título. La pena es que le sobra de Smaug, porque si se hubiese quedado simplemente en El Hobbit: La Desolación se hubiese acercado a lo que sintieron muchos espectadores ante tamaño espectáculo. Realmente se le podría haber sugerido el título mucho más descriptivo de El Hobbit, o como tras mearse en la primera parte sobre Radagast, ahora hacemos lo propio sobre Beorn. Porque Peter Jackson y su dúo de escuderas se muestran insaciables en su afán por llevarse la obra de Tolkien a su terreno, haciéndola casi irreconocible

Pero aprovechemos que estamos ante una trilogía de absurda duración y juguemos a lo mismo confiriéndole a esta crítica un absurdo orden, por sentirme más grandilocuente. Así que nos saltamos el orden y vamos directamente al plato fuerte de esta segunda entrega: Tauriel. Bien, vamos a obviar el hecho de que su traducción en lengua sindarin sería literalmente “hija de bosque”, por lo que podría servir como insulto, como si te llamasen “hijo de un ent y una cobaya”. Vamos, que es algo así como cuando en una visita a nuestro país Robert Plant gritó en un macarrónico español “mi nombre es Roberto Planto”. Pues la del macarrónico sindarin resulta ser muy amiguita de Legolas, que aparece de nuevo y que, aunque realmente tiene sentido su presencia ya que es hijo de Thranduil, lo que chirría en todo este asunto son las presuntas dotes actorales del propio Orlando Bloom. En su papel, como digo, de Legolas, se limita prácticamente a mover el párpado inferior en señal de ira, duda, sorpresa y malestar generalizado.

Pero que me estoy yendo por las ramas y hay que seguir hablando de Tauriel y de sus orígenes, y no hablo de la pareja élfica que la engendró sino de Fran Walsh, que defendió su existencia con un “los tiempos han cambiado”. Bien, desde el poco respeto que le tengo a esa señora diré qué, que yo sepa, los tiempos en la Tierra Media siguen siendo los mismos. La obra de Tolkien se basa principalmente en la Edad Media, y ahí el papel de la mujer era el que era nos guste o no. Por eso el papel de Eowyn en El Señor de los Anillos cobra mayor relevancia, y por cierto en esa trilogía no se les ocurrió nada parecido y que yo sepa los tiempos ya habían cambiado por entonces. ¿Me está contando esta señora que si hago una película sobre la dictadura española y muestro una sociedad, en la que la mujer tiene los mismos derechos  que el hombre puedo escudarme en que “los tiempos han cambiado”? No, hijo, no, me dirán que como representación de esa época es una mierda, y tendrán razón. Además, ¿qué narices de modernidad y sensación de independencia das cuando tu elfa primero está colada por Legolas, y a la segunda palabra se enamora de un enano? ¡De un enano! Que relacionar una elfa con un enano en el mundo tolkeniano no llega a la categoría de zoofilia, pero se le acerca. Pero da igual, recordemos que con Kili han creado un elfo de metro y medio, o un enano metrosexual, que no lo tengo muy claro, y aún con ese detalle es una historia de amor ridícula y atropellada. Un esperpento que es la guinda del personaje interpretado por la doble de Evangeline Lilly, que casi sale más que la propia experdidos.  Para colmo aquí el trío de guionistas ya rebosa confianza y se pierde en su propio mundo metiendo añadidos y remiendos con toda la parsimonia del mundo, alargando la película casi hasta el infinito.

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Los dobles de acción de Gandalf, Bilbo y Saruman.

Ahora demos un salto temporal hacia atrás y fijémonos en la parte de Beorn.  Un relato importante dentro del propio libro de El Hobbit, que será fundamental en el desarrollo final y que aquí es una anécdota. Un pequeño alto en el camino resuelto en breves minutos, cortando toda la presentación de los enanos en casa de Beorn, y aunque en la versión extendida esto se arregla un poco, sigue sin ser suficiente en una producción de esta longitud. Porque claro, para el episodio de Beorn el señorito tiene prisa, pero para las soplapolleces que se saca de la manga no, para eso el tío se lo toma con calma y se recrea en la jugada una y otra vez. Por lo que es un episodio relevante para entender qué es lo que está pasando aquí, que esto ya no es el mundo de Tolkien, sino el de Jackson que se ha apropiado de él. Ya no adapta, sino que decapita y pone su zarpa como firma en las partes más bochornosas.

A partir de aquí el desastre está consumado. Sólo nos queda ver a enanos en barriles haciendo cabriolas del Cirque du Soleil, una ciudad en el lago que en gran parte es mejor olvidar por ahora. Relleno y más relleno que no aporta nada a la historia. ¡Bueno, sí que aporta algo! ¡Tiempo! Y el tiempo es oro, y de eso está repleta Ereborn, la Montaña Solitaria. En la que una vez dentro, los enanos la convierten en el decimoséptimo nivel del Mario 64 saltando de plataforma de cartón piedra en plataforma de cartón piedra.

Realmente su punto álgido llega justo al final, cuando Smaug abandona Ereborn y Bilbo dice: “¿Qué hemos hecho?”. Pues eso, ¿qué narices habéis hecho?

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