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Publicado en febrero 5th, 2016 | por Marcos Gendre

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Virginia Woolf: “Un cuarto propio”

Durante todos estos siglos, las mujeres han servido de espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar la figura del hombre al doble de su tamaño“.

Virginia Woolf

650_H421654.jpgPor desgracia, resulta de lo más habitual que el papel de la mujer en el arte siempre queda relegado ante el sexo masculino. Y precisamente, éste una de las coordenadas generales que enrutan la prosa de Virgnia Woolf. Que sea, precisamente, Woof, quien sea la que profundice en esta injusticia inmemorial, le añade más valor al peso de sus palabras. No en vano, y aunque sea una figura mundialmente reconocida, estamos ante un ejemplo más que claro de esta circunstancia heredada desde los confines de los tiempos del arte.

Tan filósofa como novelista, de hecho, cuando hablamos de Virginia Woolf, nunca debemos olvidar que nos estamos refiriendo a una de las plumas más atinadas del siglo XX. Tanto desencanto; tanta necesidad por filtrar el enorme caudal de cuestiones que se cocían en su cabeza, sus vertiginosas oleadas de genio se filtraron en una innata habilidad para dotar a sus palabras de una lírica casi palpable. Provista de una pasmosa facilidad para poetizar la narrativa, aparte de este don, a Woolf también hay que colocarla dentro del cajón de pensadores del calibre vertiginoso que conforman Kafka, Bulgakov, Orwell y Dostoievski. Y es en estos terrenos, donde esta obra cobra sentido total. Así, nunca está de más reediciones realizadas con el cariño que ha volcado la editorial Lumen en dar nuevas alas a Un cuarto propio.

No debemos pasar por alto que este ensayo fue realizado justo a continuación de su obra más shakesperiana, “Orlando” (1928), “Un Cuarto Propio” fluye altanera a través de ciento cincuenta  páginas bañadas en sabiduría sin cortapisas. Terrenos alejados de la ficción -aunque no totalmente-, se nota como la figura de Woolf se agranda, aportando más matices a una convicción creadora que iba más allá de sus indudables virtudes describiendo los sentimientos más íntimos. Bañada en efervescencia incontinente de literatura, esta obra surge como excusa a los dos días previos a una conferencia que Woolf tenía que dar sobre La Mujer y la Novela. A raíz de esta circunstancia,  Woolf aprovechó para, entre otras cosas, explayarse sobre el papel de la mujer en la literatura desde el siglo XV. Esta veta abierta le sirvió para aportar una serie de apreciaciones sin ningún desperdicio sobre las condiciones imposibles de las mujeres a la hora de poder dejar sus huellas dentro de las lindes literarias. Mujeres que se hacen pasar por hombres para poder escribir; obras anónimas que se piensa que fueron realizadas por mujeres, estos son sólo dos de los temas que se van engarzando con naturalidad desarmante en el discurrir del libro. Más incisivo, menos poético, conforme va avanzando el ensayo,  parece como si Woolf terminará por predicar con el ejemplo narrativo, que le sirve para ir destrozando tópicos sobre la forma de escribir de una “literatura femenina”, sellada de forma pueril, con el fin de infravalorar la personalidad propia de grandes como Jane Austen, Charlotte Brontë, y la propia Woolf.

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“Un Cuarto Propio” desprende el halo de la crítica atemporal, una que, desgraciadamente, sigue siendo de absoluta actualidad, sobre las mayores dificultades de las mujeres  a la hora de poder lanzarse a la aventura literaria, aparte de esta cruda realidad, analizada a través de cuatro siglos de historia, Woolf llega a conclusiones en las que destrozar las barreras entre literatura masculina y femenina es la única opción. En este sentido, Woolf aprovecha para incidir en la influencia, a todos los niveles, de Shakespeare para poder extraer soluciones tan interesantes como la del escritor andrógino, o la que se refiere al estado mental adecuado para poder enfrentarse con fuerza en la creación. En cualquiera de los dos casos y, parafraseando a la propia Woolf, quinientas libras anuales y un cuarto propio resultan factores imprescindibles. Ahí queda eso. Ole.

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