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Publicado en marzo 21st, 2014 | por Rubén Sánchez

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Gyo: Tokyo Fish Attack. Sushi con patas.

Gyo_Tokyo_Fish_Attack-873807561-largeSi existe un país que se distinga por su facilidad para generar historias sorprendentes, chocantes o incluso bizarras, ese es, sin duda, Japón. Lo demuestra año tras año tanto en su producción de manga, como de anime o de películas en general. Gyo: Tokyo Fish Attack (Gyo, 2012), dirigida por Takayuki Hirao y basada en el manga homónimo de Junji Ito, es otra de las gloriosas muestras que nos deja el país del sol naciente de cómo retorcer una historia y dejar vía libre a la imaginación sin frenarse porque el sentido de la realidad te dé continuos avisos de que has pasado la línea de la cordura. No hay duda de que Gyo: Tokyo Fish Attack no pasará a la historia por su calidad, pero sí que calmará un poco la sed de todo aquel que busque una propuesta algo bizarra y diferente sin tener que rendirse a alguna otra producción de The Assylum, empresa paradigma en la actualidad del cine basura.

Gyo: Tokyo Fish Attack comienza con una retahíla de tópicos de cine de terror, tenemos a Kaori, la guapa protagonista, y sus dos amigas: Aki, la típica chica con sobrepeso, y Erika, la típica chica que no dudará en acoger en su cama al primero, o primeros, que pase por delante. Las tres amigas pasarán un fin de semana en una casa en el campo, más tópico imposible y señal inequívoca de que allí va a pasar algo. Las dos amigas no existían en el manga, por lo que podríamos pensar que se trata de un añadido para reforzar la idea de “película ya vista”, y por tanto que resulte todavía más chocante lo que ocurrirá a continuación. Y es que si hay algo que no te podrías esperar sería una invasión terrestre por cuenta de toda la fauna marina. Sí, peces, cefalópodos y demás especímenes marinos verán cómo les surgen unas misteriosas patas que les facilitará el perseguir a los humanos y tratar de hacerles servir de cena.

Pero además de sus extravagantes patas, hay algo más que distingue a estas singulares amenazas: su olor. Así es, el hedor será un personaje más en la película, haciéndose patente con una incesante neblina verde y las reacciones de los personajes, que harán que llegues a sentir el insoportable olor a pescado podrido. Además, su mordedura provocará extrañas metamorfosis en los humanos, convirtiéndolos en grotescos seres verdosos que dan la clara impresión de estar a punto de explotar, con un oloroso gas removiendo sus entrañas. A partir de ese momento ya no habrá tregua, y la película trataré llevarte hacia sentimientos extremos, con mayor o menor suerte dependiente del momento, ya que Gyo es, ante todo, una producción algo irregular, que aunque cuenta con una animación bastante cuidada y un CGI solvente, lo cierto es que su irreverencia puede llegar a desbordar con escenas realmente inolvidables por lo impactantes que son, llegando a mezclar polos opuestos como puede ser el asco y el amor ¿Cómo llamar a esto? ¿Arcada amorosa? Sea como sea, Gyo es un maestro en este arte y por eso resulta aún más complicado encontrarle un público adecuado.

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En la parte negativa está, en gran parte, su desarrollo. Como decía anteriormente traspasa ampliamente la locura y algunas situaciones sólo pueden ser calificadas como abiertamente absurdas. Pero si eso no te asusta entonces puedes probar y quizá hasta la experiencia resulte satisfactoria (siempre y cuando estés ya algo avezado con las producciones niponas). La historia, finalmente, encuentra una lógica dentro de su ilógica inherente, sobre todo con la inevitable aparición del mad doctor de turno, aunque otra cosa es que el espectador quede satisfecho con la explicación.

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