"El hábitat natural para tu mente enferma"


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Publicado en febrero 17th, 2015 | por Carmen Viñolo

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Treme, la música y el abismo

Si hay algún lugar donde la música lo inunde todo, ése es Nueva Orleans. Allí la música tiene lugar a cada momento. Ya sea por la noche, por la mañana o a media tarde. Está vivita y coleando en los cafés, en los bares nocturnos, en la calle. En los funerales. En esta ciudad los ataúdes no marchan rodeados de silencio y amargura, sino que suena alrededor la música de una orquesta que los acompaña, los arropa y los eleva. Así se despiden de los suyos en Nueva Orleans. ¿Pueden ustedes imaginarse una manera mejor de irse?

Treme (2010-2013) recorre las calles de una ciudad, donde la vida se palpa a través de su música. Donde sus habitantes se abren camino contra viento, marea y huracanes. Contra la violencia callejera, la especulación inmobiliaria o la policía corrupta. La serie alcanza un perfecto ensamblaje entre lo social, lo policiaco y lo artístico, siendo este último territorio inexplorado hasta entonces para David Simon, co-creador de Treme.

A partir de la segunda temporada la pregunta sobre la creación artística se vuelve más y más relevante, desplegándose en sus múltiples facetas. A través de la acción y sus personajes. Albert Lambreaux persevera por mantener viva su tradición, que es de por sí arte en estado puro. Reúne los cánticos antiguos de la tradición india, su música, así como la confección de trajes tan espectaculares como maravillosos. Un día recibe la visita de una documentalista que desea hacer un reportaje sobre él y su trabajo. Quiere filmarlo diseñando los trajes, cosiendo junto a sus compañeros, ensayando las piezas musicales. “Nos interesa el proceso, no el resultado”, dice. Lambreaux se queda mirando fijamente a la mujer y, muy serio, le responde: “El resultado es lo que cuenta“.

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Albert Lambreaux (Clarke Peters) en pleno éxtasis estético.

Mientras tanto, Annie, la violinista, se enfrenta al abismo: seguir siendo una intérprete o devenir compositora. Nunca antes se lo había planteado, pero ahora se encuentra en esta encrucijada. “Tienes que decidirte“, le dice un buen amigo, un reconocido compositor. En el proceso descubre que la creación no es coser y cantar. Su primera composición propia es un plagio de una tema de Dylan. La joven ni siquiera lo había hecho conscientemente. Las influencias están ahí, rondando, ocultándose tras las esquinas de la mente. Crear significa desnudarse, construir una tabula rasa, donde las influencias estén sólo de visita.

Un músico se acerca a su compañero. Le dice: “Nunca serás un gran músico“. Él responde lacónicamente: “Lo sé“. Algo zarandea entonces al espectador. ¡El joven músico lo sabe! Sabe que no tiene talento. Que permanecerá siempre en la medianía. Para él ni siquiera existe el abismo. A lo sumo, podrá encontrase en el camino con un leve socavón. Aunque suficiente para provocar vértigo, antes de digerirlo, claro.

Frente a las adversidades DJ Davis parece crecerse. Pero todo tiene un límite. Tras luchas interminables con la discográfica -que, por cierto, ha montado con su tía rica-, el proyecto de su vida, una ópera de Nueva Orleans, se va al garete. Se da cuenta, por fin, de que la industria piensa sólo en el dinero. Y decide tirar la toalla definitivamente, no sin antes desquitarse. Graba un último single que lleva por título “I quit” (Lo dejo). Y qué jodío, el destino. Inmediatamente el tema se convierte en un éxito rotundo. Davis, desconcertado, les pregunta a sus compañeros: “¿Y ahora cómo vuelvo al mundo de la música?“.

En la tercera temporada se cuelan en la trama dos niñas, que pertenecen a la orquesta del colegio. Estos dos personajes desdoblan el carácter social y creativo intrínseco a la serie. Ambas tienen problemas: una de ellas está a cargo de sus hermanos, pues su padre abandonó a la familia y su madre está en la cárcel; la otra, es analfabeta. Lo que no le supone un gran inconveniente; sabe que puede aprender de oído, como hacían los viejos músicos. Por otro lado, resulta sumamente interesante que sea esta chiquilla, quién haga la pregunta que pondrá entre las cuerdas a Antoine Batiste (Wendell Pierce), un trombón de jazz de Nueva Orleans: “¿No ha pensado nunca en tocar de otra manera?” O lo que es lo mismo, ¿no se ha atrevido nunca a intentar tocar jazz moderno? Un nuevo reto en su carrera, en su música que, jamás, se había planteado siquiera.

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One Response to Treme, la música y el abismo

  1. Gran artículo para una gran serie. Chapeau.

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