"El hábitat natural para tu mente enferma"


Dolor de muelas Schopenhauer rojo

Publicado en junio 4th, 2014 | por Carmen Lloret

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Hazlo por Schopenhauer (V): la autocensura, esa apestosa

Estando en el mismo lugar, sentí un escalofrío dos veces. Provocado, cada una de ellas, por una persona distinta. En realidad, fueron dos escalofríos y un desconcierto[1].

Yo me autocensuro en mis obras“, dijo la persona que provocó mi primer escalofrío. Y lo afirmó de tal manera, como si no tuviera más remedio que hacerlo. Porque, claro, al escribir para una compañía de teatro… esto y lo otro… Lo cierto es que no llegó a especificar demasiado, ni el resto de los allí presentes le pedimos que concretase, pero volvió a repetirlo en un par de ocasiones: “me autocensuro.”

De hecho, el primer escalofrío mantiene una estrecha relación con el segundo, que fue desencadenado por la siguiente afirmación: “ser escritor es un oficio.”

Young_Dorothy_Parker

“Si deseas saber qué piensa Dios del dinero, no tienes más que mirar a aquellos a quienes Él se lo ha dado.” Dorothy Parker.

Parece que hoy en día los dramaturgos y dramaturgas están más pendientes de ganarse la vida a costa de la literatura y de rellenar currículum, que de escribir obras de teatro que merezcan la pena.

No es excusa eso de ir tirando millas, porque si voy estrenando, me irán conociendo. “Tengo que hacerme un nombre, tengo que pagar el alquiler, tengo que autocensurarme.” Más valdría empezar a pensar “es preciso ser honesto.” Pero para eso hay que luchar contra los prejuicios que imperan, entre ellos: si no estrenas, se te mira con recelo.

La autocensura tiene que ver, básicamente, con dos cosas: el dinero y la cobardía. La primera da asco; la segunda, risa.

¿Hay algo de qué acobardarse? En absoluto. Ni siquiera hay que preocuparse por la propia vida, ya que la obra puede permanecer hasta nuestra muerte encerrada en un cajón. ¿Y el resto? ¿A qué o quién hay que temer? ¿A los gustos imperantes? ¿A politicuchos? ¿A la profesión? ¿Al público? ¿A los críticos? Esta sí que es buena.

Por otro lado, los escritores no deberían olvidar que el tiempo es el juez más severo. Qué ridículos se sentirán aquellos que hayan censurado sus palabras por dinero o por miedo y acaben dándose cuenta de que arruinaron su trabajo. La autocensura, esa mordaza voluntaria, es la muerte del escritor, que por querer ser reconocido en su propia época, acaba siendo pasto de la mediocridad en el futuro. Autocensurándose no se escriben grandes obras.

Abur.


[1] Del segundo escalofrío y del desconcierto hablaré más extensamente en otro momento.

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