Cold Fish: La vida es dolor

Cold_Fish-795234945-largeVer unidos en unos títulos de crédito al director japonés Sion Sono y a la productora Sushi Typhoon es garantía de que lo que vas a ver no va a ser algo que se pueda considerar “normal”. El poeta, escritor, actor, guionista y director Sion Sono (como vemos domina tantas facetas como su inefable compatriota Takeshi Kitano) saltó a la fama en 2002 con su película Suicide Club (Jisatsu saakuru, 2002), en la que trataba el tema real de los suicidios masivos en Japón, aunando drama y gore de forma sorprendente. Por su parte, la productora Nikkatsu’s Sushi Typhoon actualmente está especializada en productos gore casposo de serie B, contando entre sus producciones con títulos tan incalificables como Helldriver (Nihon bundan: Heru doraibâ, 2010), bajo la batuta de su director estrella, Yoshihiro Nishimura, y con una temática que va de la comedia a la casquería de baratillo resultando más divertidas que desagradables. No en vano una de las cabezas visibles de la productora es Takashi Miike, toda una eminencia en cualquier festival fantástico que se precie.

Sin embargo, la participación de Sion Sono logró crear un producto con una mejor producción y más serio, pese a que bordee la locura más desbordante, y el resultado se llamó Cold Fish (Tsumetai Nettaigyo, 2010). La película se basa en los asesinatos reales producidos en Japón en la década de los 80 por un matrimonio que regentaba una tienda de perros. En este caso Sion Sono traslada la historia a una pequeña tienda de peces tropicales cuyo dueño es Shamoto, una persona gris, tímida, introvertida y fácilmente manipulable, casado en segundas nupcias con una mujer atractiva y más joven que él, Taeko, y teniendo que lidiar con su hija Mitsuko, nacida de su primer matrimonio, que no acepta a su madrastra y se está volviendo una joven rebelde. La familia es completamente disfuncional ya que nadie ejerce la autoridad, Shamoto únicamente se dedica a bajar la cabeza y tratar de ignorar todo lo que ocurre a su alrededor. Mitsuko es sorprendida robando en un almacén, que resulta ser de Murata, un hombre que regenta una gran tienda de peces. Murata se presenta como la cruz de Shamoto, es una persona jovial, ríe continuamente hasta el absurdo y desborda un carisma que le permite dirigir su tienda sin problemas aparentes, incluido su escuadrón de jóvenes chicas que atienden el local. Shamoto, de forma casi inmediata, se verá fascinado por la figura de Murata y éste le acogerá como protegido.

Cuando todo parece que va a mejorar para el bueno de Shamoto, el director Sono Sion nos reserva un fascinante cambio en el tono de la película y nos invita a descubrir la vida secreta de Murata, en la que se comporta de una forma más propia de un mafioso. Capaz de eliminar a todo aquel que le moleste, según avancemos en los entresijos de Cold Fish el nivel de gore irá aumentando, de forma casi paródica y sin abusar, y asistiremos al drama moral y a la carga psicológica que tendrá que soportar Shamoto, incapaz de decir no o de rebelarse ante su nuevo jefe. Sion aprovecha esta situación para mostrarnos la desesperanza más absoluta, en una espiral de la que no parece haber salida, y la afectación mental que irá sufriendo Shamoto y que le irá transformando lentamente.

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Cabe destacar la actuación de Denden como el histriónico Murata, confiriéndole una creíble locura dentro del irreal universo de Cold Fish. Con acierto, Sion mezcla escenas crudas con música casi infantil, acciones irracionales con la jovialidad de Murata, invitándonos a adentrarnos en su ilógica impuesta y a aceptar como normales las actitudes de sus protagonistas. Un ejercicio que seguramente no todo el mundo aceptará. Cold Fish es difícilmente clasificable o encuadrable dentro de un género, toca muchos palos pero no acabe de definirse por ninguno. Algo propio de Sion y algo que la hace aún más irresistible para el cinéfilo ávido de nuevas experiencias.