El hombre elefante: la compasión como redención del monstruo

El que es capaz de llorar es capaz de amar, es decir, de sentir compasión por los demás, porque la piedad (…) se resuelve últimamente en lágrimas[1].

TheElephantManposterLas lágrimas constituyen un goteo constante en El hombre elefante (The elephant man, 1980), el segundo filme de David Lynch. Brotan a raíz de la compasión que sienten diversos personajes por John Merrick (Joht Hurt), a quien llaman el hombre elefante, un ser que nació deformado al ser atacada su madre por un elefante cuando estaba encinta. Su madre, una mujer de belleza cálida y deliciosa abandonó al pequeño probablemente horrorizada ante el fruto de sus entrañas. Y John quedó a merced de un hombre cruel, Bytes (Freddie Jones), quien se dedicó a llevarlo de feria en feria, presentándolo como “el fenómeno más raro del mundo”.

El filme, rodado en un blanco y negro sobrecogedor, realiza un profundo análisis de la  esencia del ser humano, de sus sombras y pecados, de la crueldad inherente a él, pero abre asimismo la puerta al milagro de la compasión, en la que se contempla la esencia misma del mundo: el dolor. A pesar de que Lynch ha optado en los últimos años por la vertiente filosófica de moda, el posmodernismo, y no ha cesado en dejar perplejos a sus seguidores, adentrándolos en laberínticos y oníricos sinsentidos, El hombre elefante puede ser visto como una obra schopenhaueriana. La dicotomía que establece Arthur Schopenhauer entre en mundo como  representación y el mundo como voluntad se hace patente en cada fotograma y esto no sería posible, si el filme no se tratara de una obra de arte.

Permítanme que exponga brevemente la filosofía del gran pensador para que sea posible establecer el nexo que une a ambos creadores. Según Schopenhauer, existen dos mundos diametralmente opuestos, pero que al mismo tiempo constituyen las dos caras de la misma moneda: el mundo como representación y el mundo como voluntad. El mundo como representación se refiere al ámbito del conocimiento, y se asienta en la diferencia entre sujeto y objeto. En él rige una necesidad absoluta. El mundo como voluntad es la esencia misma del mundo, puede ser aprehendido en contadas ocasiones a través del arte –contemplación estética- o de la moral –compasión-. En este mundo impera la libertad.

John Meyrick es condenado desde su nacimiento por su aspecto físico. Su única oportunidad para sobrevivir la halla en las ferias de fenómenos, donde es observado por la sociedad como un monstruo, como un objeto, como algo. Es una mera representación. Y este estado que lo deshumaniza alcanza su máximo exponente cuando lo examina un grupo de científicos desalmados en el London Hospital, de la mano del doctor Frederick Treves (Anthony Hopkins), quien lo define como una “forma degenerada de un ser humano”. A lo largo de su historia John es observado con ojos fríos y descrito hasta la saciedad con términos que lo descalifican, incapaces de adentrarse en su ser: “Criatura”, “animal del zoo”, “fenómeno”. “Monstruo”. John había nacido deformado, pero no monstruoso. Lo transformaron en una bestia, en un animal que formaba parte de un espectáculo, domado y doblegado, hasta el punto que llegó a renunciar al don humano de la palabra.

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Sin embargo, tras años de sometimiento John hace oír su voz cuando una multitud se abalanza sobre él para apalearlo. Reivindica su persona, su humanidad frente a los salvajes: “Yo no soy ningún monstruo, no soy un animal, soy un ser humano, un hombre”. La cáfila se detiene.

Frente al mundo como representación, donde John se ve cosificado, alejado por un abismo del resto de seres humanos, se abre paso el mundo como voluntad, que lo acerca al resto de la humanidad. La emoción que embarga a aquellos que lo contemplan por primera vez, el dolor y la pena que éstos sienten, no en su pecho, sino en el de John, dan paso al prodigio de la compasión. John se da la vuelta y aparece frente al doctor Treves, cuya expresión de piedad se vislumbra gracias a un acercamiento magistral de la cámara, que pone de relieve la excelente interpretación de Hopkins. El Frederick  derrama una tenue lágrima, hermanándose así con John. El llanto desconsolado de la esposa del doctor, al escuchar la triste historia de la vida de John, quien intenta paradójicamente reconfortarla, abre el camino misterioso del mundo como voluntad, en el que todos somos el mismo y uno, y rompe las cadenas de la servidumbre del mundo como representación.

Al final de su corta vida John se siente reconocido. Ya no escucha los aplausos como fenómeno en la feria o frente a un atajo de científicos cortos de mira, sino el aplauso del reconocimiento como persona, como ser humano. Ha dejado de ser un monstruo, si acaso lo fue alguna vez.



[1] A. Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, Editorial Porrúa, México, 1992, Libro IV, LXVII, página 290.

Un comentario en «El hombre elefante: la compasión como redención del monstruo»

  1. Ya he degustado esta película unas cuantas veces, pero después de leer este conmovedor artículo, me han vuelto a entrar las ganas de echarle otro merecido visionado.

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